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Jonathan Reverón

Prohibido envejecer

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Comienzo y entrego este artículo el día en que hasta este segundo se cuentan veinte personas fallecidas en un accidente de tránsito. Ocurrió el lunes 16 de junio, a las cuatro de la madrugada en la autopista regional del centro. En la imagen que repiten las redes sociales, pero mi cobardía no permite ampliar, el autobús está picado a la mitad, lo que deja ver la hilera de asientos y otros detalles del esqueleto del camastrón.

El viernes 13, una camioneta con sus luces altas se comía la flecha en la angosta vía de Santa Fe, esa que conduce también a Los Campitos, en Caracas. A pocos segundos de impactar mi carro, un cambio de luces y el violento giro del volante me salvó. La avenida Manuel Felipe Tovar de San Bernardino tiene una sola dirección, pero la mayoría de las veces, de noche, dos carros bajan una calle que sólo sube, y uno también tiene que repetir la maniobra.

Hace casi dos meses y durante una o dos semanas, entrar al distribuidor Chacao de la Cota Mil era lo mismo que penetrar las fosas de un animal nocturno y tenebroso, al que entras con los amortiguadores noqueados.. Sumemos a esto la adrenalina que provoca comerse semáforos después de las once de la noche en cualquier parte de la ciudad, porque obedecer la luz roja es jugar a la ruleta. 

He decidido permanecer en las fiestas hasta que amanezca, además de las razones conocidas, porque le tengo más confianza a la aurora y porque una teoría que me inventé, para sentirme más seguro, reza: el hampa no trabaja a la seis de la mañana. Me suelo tomar un café muy cargado, desayunar algo y que mi organismo se estabilice para volver a tomar el volante, con lentes oscuros, y la certeza de que no voy a necesitar del vergonzoso alumbrado público de nuestras calles.

Todas las suposiciones son irresponsables, pero algo me dice que la carretera en la que asesinaron a Mónica Spears, y otras autopistas de la Venezuela “chévere”, siguen siendo esa boca de lobo, metáfora desgastada. Los ojos de gato lo son todo; he visto cientos de carros rodar con tranquilidad sin luces, motos sin placa, botellas de cerveza campanear en curvas. ¿Límites de velocidad? Todas las noches que tomo autopistas en Caracas “los piqueros” apuestan sobre nuestras vidas. Los operativos viales siguen siendo eso, operan, al cabo de un tiempo, se retiran.

Y todavía me hace gracia la frase que Iván Loscher me dijo la semana pasada: “Vivimos en el siglo en que nadie quiere envejecer”.

 

@elreveron / elreveron@gmail.com