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Beatriz de Majo

Una corta visión de su propia pobreza

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Ningún país en el mundo ha conseguido elevar el nivel de vida económica de sus administrados como lo ha hecho China.

Ello es verdad  si nos basamos en los parámetros del Banco Mundial quien define a la pobreza como la supervivencia con menos de 1,25 dólares por día.

Si esto se toma como razonable y se usan las cifras oficiales del PIB para efectuar las mediciones, ello podría significar que China ha reducido la pobreza del conjunto de su población desde 84% hasta  13% en algo másde tres décadas. 700 millones de chinos habrían sido extraídos de las garras de este flagelo.  Tan importante  y significativo como lo anterior es  que más de 90% de la reducción de pobreza en el planeta se habría producido en ese país de Asia según Naciones Unidas.

Pero las cifras suelen ser engañosas o revelar situaciones distantes a la realidad en función de la metodología de trabajo que se utilice.

China da por buenos los cálculos del Banco Mundial ya que nadie hay más interesado que su gobierno en reflejar un éxito plausible en la implantación de lo que debería ser su más importante proyecto económico y social: el rescate de su inmenso contingente de miseria. La realidad es que aun hoy viven en condiciones dramáticas un número de ciudadanos que al juntarse alcanzan dos veces la población de Francia y México, cuatro veces la de Colombia, vez y media la población de Rusia. En suma, un conjunto humano más grande que el Brasil.

Pero si nos alejáramos de los indicadores nada gloriosos del Banco Mundial, si tomáramos, por ejemplo, 2 dólares diarios como la cifra por debajo de la cual la vida humana es solo penuria, tendríamos que China sigue a la cabeza de la pobreza en el mundo y que 30% de sus habitantes sufre lo indecible para dar de comer a los suyos y para llevar una existencia digna.  Eso puesto en números absolutos alcanza a cerca de 500 millones de personas.

El estelar comportamiento de la economía china durante los últimos  30 años ha sido el pivote principal para que, a través de la industrialización acelerada de la costa oriental, masas enormes de gentes se hayan trasladado de los pobres espacios rurales a las ciudades donde el trabajo se hizo abundante. Pero de allí ha surgido un nuevo fenómeno  que es el de la atroz miseria de los centros urbanos, a la vez que el abandono del campo ha acentuado la precariedad de la vida campesina.   

Es que son muchos otros elementos, además del ingreso, los que deben ser tomados en cuenta para medir la calidad de la vida de las personas. La frugalidad se mide igualmente en función de variables que aún no están siendo adecuadamente atendidas en la China de hoy , aunque en Beijing  no falte conciencia de los muchos otros elementos a ser tomados en consideración y a ser atendidos para ofrecer una vida digna al tiempo  que se honran  los derechos de los ciudadanos.

Me refiero a programas de desarrollo social como el acceso generalizado a la educación, la oferta de medios de salud, condiciones adecuadas de carácter ambiental, sin hablar de la imperiosa necesidad de establecer y financiar un vasto sistema de seguridad social para la protección de los mayores.  Todo ello sin referirnos a que la vorágine del desarrollo ha producido descomunales desigualdades que es imprescindible corregir.

Citemos solo una: el 40 % de la población más pobre aun recibe 15,4% del ingreso del país mientras que el 20% más rico se lleva casi la mitad de ese mismo ingreso: 47,1%.