• Caracas (Venezuela)

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Alexis Alzuru

Prisioneros

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Venezuela está atrapada por los conflictos de intereses que hay en el gobierno y en la oposición. Unos y otros están zanjando sus diferencias en el terreno del malestar social. El teatro de sus operaciones son las protestas. Como resultado de ese juego el futuro de los venezolanos puede terminar encarcelando. Pues la confrontación que se libra es opaca. La lucha es a oscuras, entre sombras. Por eso los actores no muestran sus rostros, tampoco sus estrategias y menos sus objetivos. En esa batalla la sociedad coloca muertos, heridos y detenidos, pero no decide. En esos escenarios la voluntad del pueblo queda suspendida. Además, por lo general salen victoriosos quienes monopolizan el poder de las armas, no quienes tienen los argumentos o el respaldo de las mayorías. De allí que en distintos países verdaderos fascistas hayan terminado en la jefatura del Estado. Ejemplos sobran en la historia política. Sin embargo, algunos dirigentes de la oposición presionan para acelerar la salida del presidente. Como si la violencia desatada no fuese expresión de los conflictos del PSUV, antes que el producto de la rebeldía de esta sociedad harta de atropellos.

La salida de Nicolás Maduro depende del oficialismo, no de las acciones que unos cuantos dirigentes de oposición pudieran coordinar. Esa premisa hay que transparentarla para examinar las alternativas que el activismo cívico tiene en esta coyuntura. A partir de allí los ciudadanos evaluarán si acompañan o no a los grupos que desde la oposición sugieren unirse con líderes ocultos del oficialismo para despachar al gobierno. Pueden también redefinir los términos de su participación en el conflicto. Un ejercicio que es urgente. En especial, si se considera que el diálogo con la cúpula gobernante es una opción cancelada. Por cierto, es comprensible que millones hayan quedado estremecidos cuando escucharon que voceros de oposición insistían en reunirse con Nicolás Maduro. Tal vez haya que recodarles que varias familias no terminan de llorar a los hijos que perdieron por la brutal represión oficial. Acaso, haya que repetirles que las decisiones del presidente tienen como telón de fondo una visión cerrada de la sociedad. De hecho, el comunismo que copia considera que los seres humanos se usan, no se escuchan.

Nicolás Maduro y sus amigos no requieren que alguien les aclare sus metas; tampoco que sus adversarios les adviertan sobre sus errores aparentes. En realidad, en la élite gobernante no hay confusión. Lo que existe en algunos de esos jefes es la determinación de sacar al presidente. Por eso, no está de más volver a señalar que quienes participan en esa operación silencian la guerra que libran con medidas judiciales, represión y desinformación. Para hacer su trabajo cuentan con el apoyo de varios opositores que creen en aquella tesis según la cual la salida del gobierno sería beneficiosa para todos. Estos olvidan que los rojos están entrenados para arrebatar el poder, no para negociarlo.

En la crisis actual o los venezolanos escriben el futuro de la democracia o admiten que desde el anonimato unos pocos decidan lo que les parece. Por supuesto, la primera opción implica rechazar reuniones con el gobierno; pero también retirar cualquier apoyo a aquellos que recomiendan recalentar la calle hasta salir del presidente. En cambio supone reconocer que es el diálogo cara a cara con los sectores populares el ciclo político que corresponde.

Una pre-constituyente popular es la etapa que no puede ahorrarse, si el ánimo es romper la espiral de fracasos en la cual el país se encuentra encerrado. Por cierto, quienes la han ensayado han querido posicionar sus ideas, sin embargo poca disposición han mostrado por interpretar las expectativas de la población. Oyéndose a sí mismos han recorrido las calles; cuando de lo que se trata es de hablar menos para alcanzar la serenidad y amplitud moral que se necesita para atender y asimilar los deseos del pueblo

 

*Profesor UCV