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Edgardo Mondolfi

Presos

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Se equivocaron quienes llegaron a creer que, luego de las elecciones de abril de 2013, Nicolás Maduro iniciaría una transición que librara al país de odios y errores consecuentes que se habían acumulado durante el largo mandato de Hugo Chávez. Una transición que incluyera que los presos políticos, cada uno por una razón distinta, fuesen amnistiados, pero todos sobre la misma base de que la mejor política es la distensión. Pero para ello habría hecho falta la sagacidad e inteligencia que, a tal respecto, le sobraba a Eleazar López Contreras. Lo cierto es que, contra el deseo de quienes pudieron tener tal expectativa, el gobierno no ha sido capaz de ofrecernos una ración de lopecismo sino de gomecismo. Basta preguntarse por la paz. ¿Cuál paz? Suponemos que, tras las primeras protestas y manifestaciones callejeras iniciadas el pasado mes febrero, lo que el gobierno ha querido dispensarnos es Paz de la buena, Pax Gomera.

De modo que lo que pudo llegar a pregonarse como ejemplo de una comprensiva actitud presidencial devino en una pasión mucho más irresistible por castigar a la disidencia con la cárcel. Tanto, que el depósito de presos cobra cada vez mayor tamaño. Llegará el momento en que no habrá lugar para tantos detenidos. En medio de su epilepsia verbal, el presidente amenaza cada día con más y más prisión. Ahora le toca el turno a una propuesta legislativa de ribetes siniestros que lleva por nombre Ley de Intolerancia Social que permitirá que el gobierno siga actuando de forma mecánica e implacable y afilándose las garras a la sombra.

En este, como en muchos otros sentidos, resulta curioso que la gente que hoy nos gobierne haya dejado de ser heredera de quienes, en los años sesenta, elevaron su voz frente a lo que consideraban juicios amañados y detenciones arbitrarias, o sin orden judicial, practicados contra líderes de izquierda. Me refiero a los que, en aquella época, denunciaron la supuesta denegación de justicia o el caprichoso cojear de los tribunales, o que creyeron ver que muchos de tales procesos eran simples actos de venganza política. Hablo de quienes salieron en persistente defensa de Gustavo Machado, Domingo Alberto Rangel o de tantos otros dirigentes del PCV o del MIR, solicitando en muchos casos el indulto o el sobreseimiento de sus causas.

Viene a propósito comparar la situación de Iván Simonovis, y el delicado estado de salud que actualmente atraviesa, con el caso de Jesús Faría. El dirigente del PCV sufría de una cardiopatía que se vio agravada en la cárcel, lo cual fue esgrimido por el poeta Juan Liscano como parte de sus argumentos a fin de que se pusiera en libertad al senador y líder sindical pecevista. Algo que vino a lograrse finalmente, entre otras razones, por el empeño de Liscano quien, dicho sea de paso, estaba muy lejos de militar en la misma acera política del reo por cuya situación abogó en los términos más humanos que pudiesen hallarse. 

A fin de no quedarme estacionado en esta contemporaneidad que tanto nos agobia dirijo de nuevo la mirada hacia el pasado, confiando en que la actitud de Maduro en estas lides no termine siendo la que retrató de cuerpo entero a Cipriano Castro, cuya figura se halla tan de moda entre los seguidores del gobierno. En la oportunidad en que su hijo purgaba prisión, abatido por una penosa enfermedad, la poetisa Concepción Acevedo de Taylhardat clamó por su liberación intentando acudir por distintas vías hasta el mismísimo presidente de la República. Sin embargo, puesto que Castro, entre vahos de brandy, estaba más atareado en redactar afiebradas proclamas de guerra, un cúmulo de pequeñeces y excusas impidió la excarcelación del reo. Al cabo del tiempo, el joven Taylhardat murió de locura y desespero, luego de haber pasado sus últimas 45 horas de vida atado al cadáver de un compañero de calabozo.

Como se ve, el talante que caracterizó a los colaboradores de Castro hizo posible que ese régimen se adentrara sin tropiezos en los límites de la animalidad. Podría argumentarse que se trataba de otra época. Sin duda. Pero una revolución que continúa mostrándose demasiado enamorada de sí misma, al punto de colocarse por encima de todo sentimiento humanitario, también es capaz de aventarnos a su manera hacia esa clase de territorios que no suelen tener punto de retorno.