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Fernando Londoño

Presidente: ¿y sus promesas?

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No termina el Presidente de hacer promesas. Justo es que hagamos el inventario de las que más frescas andan en la memoria de cualquier colombiano.

Prometió el Presidente reparar las víctimas de todas las violencias. Cuando promulgó la ley que lo decía declaró que con su sola ejecución se declararía satisfecho de todo su trabajo y remunerados todos sus esfuerzos. Se acaba el Gobierno y, de acuerdo con los cálculos más benevolentes, no ha devuelto las tierras del uno por ciento de los que las pidieron y no le ha pagado los veinte millones de pesos de la llamada indemnización administrativa, el corazón del proyecto, a una sola víctima. Ni a una sola.

Azotado el país por terrible invierno, prometió aprovechar la tragedia para recomponer el asentamiento irracional de miles de compatriotas sobre el cauce y los lugares de descanso del río Magdalena. Una medida tan ambiciosa implicaría el traslado de por lo menos 12 poblaciones de alto riesgo. Ni siquiera le alcanzó el tiempo para reconstruir a Gramalote. De los 12 poblados aquellos no vale siquiera una mención o un recuerdo.

Con esa misma ocasión, prometió con bombos y platillos recuperar el río Bogotá y convertirlo en algo como el Rin o el Támesis o el Potomac o el Sena o como era cuando lo cantó el Sabio Caldas. El Consejo de Estado hubo de recordarle que el río sigue siendo la misma cloaca abandonada y fétida que era el día de su discurso.

Nos prometió la paz en meses, después de descubierto que nos había mentido por años, negándonos sus contactos clandestinos con las FARC. Han pasado dos años, y de aquello no hay sino acuerdos que no acuerdan nada, largas tareas pendientes de inicio y más muertos, más extorsiones, más bombas.

Nos prometió una reforma de la justicia, ejemplo para América, envidia para el mundo. La Justicia sigue siendo despreciada por los colombianos y el proyecto se perdió en los anaqueles donde reposan las cosas olvidadas. Ahora descubrió que la culpa no fue suya, sino de sus amigos, los conciliadores del proyecto. Pero de Justicia, nada.

Prometió Santos una reforma educativa de inmensas proporciones. Seguimos con escuelas de paso para los pobres, con formación inexistente y con información dolorosamente precaria para nuestros jóvenes. Entre 67 países valorados, les ganamos a cuatro. Y hay que oír el nombre de los que pierden con nosotros.

Adolorido con la salud de sus compatriotas, prometió una reforma más ambiciosa que la que nunca antes se hubiera imaginado alguien. No hay para celebrar una cama nueva de hospital y la prometida reforma se ahoga en el mar de su incompetencia. Ni con mayoría en el Congreso logra que le aprueben, a manera de consolación, un proyecto que diga lo que en materia tan decisiva debiera hacerse y no se ha hecho.

El Fuero Penal Militar sigue y seguirá esperando. Y con la defensa judicial del Estado a los militares habrá que esperar más que por el fuero.

La construcción de la infraestructura fue promesa solemne y más pregonada, como que iba a bordo de la gran locomotora del progreso. No hay una carretera nueva y ha continuado, mal y tarde, las que le dejó en marcha el presidente Uribe. No ha sido capaz de terminar la doble calzada a Girardot, ni la que lleva a Tunja, ni la que podría ser el comienzo de la salvación de Buenaventura. ¿En qué anda todo lo demás? En nuevas promesas, por supuesto.

El desarrollo industrial sería formidable. Pues la industria no se limita a crecer poco. Cae, para nuestro dolor y vergüenza. Y el desarrollo del campo es peor. Al fin y al cabo, para Santos el campo es un horrible lugar donde los pollos andan vivos.

Y si no citamos más promesas, no es porque hagan falta o porque las otras se hayan cumplido. No. Es por falta de espacio.