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Rodolfo Izaguirre

Presagios

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Se llama presagio toda señal que indica, previene y anuncia un suceso. También, cualquier adivinación o conocimiento de las cosas futuras por medio de señales que se han visto o de intuiciones y sensaciones. Para la Enciclopedia de las cosas que nunca existieron está claro que el acontecimiento que va a ocurrir puede ser bueno o malo. Uno bueno sería que un pajarito soltara sus excrementos en tu hombro. Algunos son corrientes: el espejo que se rompe anuncia por lo menos 7 años de ruina; un gato negro que se cruza en tu camino pronostica un año de mala suerte... ¡el cuadro que se desploma sin que nadie lo toque! Para algunos, un pájaro que revolotee dentro de tu casa es grave presagio o la luna nueva cuando es vista a través de un cristal puede acarrear 28 años de desgracias a menos que demos 7 vueltas, hagamos una reverencia a la luna y saquemos todo el dinero que tengamos en los bolsillos.

Hay quienes aseguran que los presagios son ilimitados y los pájaros sus más eficaces portadores; por lo que conviene observar sus comportamientos, apariencia y acciones. Los gatos, especialmente los negros, deben ser tratados con especial deferencia porque se sabe que son brujas disfrazadas. Se afirma, también, que si un marinero ve a un cura antes de zarpar es casi seguro que encontrará mal tiempo y vientos contrarios.

Los fundadores de Macondo vivían azotados por los presagios porque era gente que creía en las verdades ocultas en las barajas y a Fernanda del Carpio le bastó ver la cara de Mauricio Babilonia y las mariposas amarillas que lo seguían a todas partes para saber que ya era un ser señalado por el infortunio. El discurso que dio Gabriel García Márquez en el Ateneo de Caracas cuando aún los venezolanos no conocíamos Cien años de soledad fue relatar el presagio de una vieja que en la aldea dijo: “¡Aquí va a pasar algo”. ¡Y de aquellas banales palabras se desprendió un verdadero cataclismo! Yo mismo, sin poseer facultades de adivino, supe que Hugo Chávez iba a desordenar la vida venezolana y llevar al país al desplome. Bastaba verlo diciendo: “Por ahora” para imaginar la devastación que se nos venía encima. Lo que nunca pude vaticinar fue la esponjosa ordinariez de su lenguaje y de su comportamiento y el derrumbe de los valores de moral y cívica que me enseñaron en la escuela.

Existían muchas señales que hacían posible el presagio: los coletazos desesperados del bipartidismo, los cogollos de los partidos tradicionales desgastados por el tiempo y la corrupción; aunque la más notoria fue el comportamiento militarista, autoritario y antidemocrático del golpista mayor y su frustrada intentona contra Carlos Andrés Pérez. Sin embargo, hay quienes no vieron, no quisieron ver o siguen sin querer ver los nefastos estremecimientos que Hugo Chávez causó a lo largo de quince años de atarantada autocracia. Se calcula que un siglo no será suficiente para volver a enderezar la república. En cualquier caso, el vaticinio, el augurio, el presentimiento, la profecía o como quiera llamarse al presagio que se asomó al no más aparecer Nicolás Maduro en el paisaje político no necesitó de ninguna señal para saber que terminaría por empujarnos al barranco; hundirnos en el pantano en el que estamos chapoteando. Algo peor que el cuadro que se desploma sin que nadie lo toque; los pájaros revoloteando enloquecidos dentro de nuestra casa o la bruja maligna disfrazada de gato negro cruzándose en el camino que lleva al oeste de Oz. Lo peor de los presagios no es que ocurran sino que, al dejar de ser presagios, es decir, al cumplirse, lo que antes era júbilo y resplandor queda convertido en miseria y devastación; en penuria y desolación. Es decir, ¡en catástrofe bolivariana!