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Diego Arroyo Gil

Preguntas a la señora oposición

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Había pensado dedicarle la columna de esta semana al alcalde Antonio Ledezma, quien una mañana de la semana pasada se levantó con una idea que lo dejó calvo detrás de la oreja. Como quien descubre el agua tibia o se entera de que la Tierra gira alrededor del Sol, el compañero de partido dijo que ya es hora de que los dirigentes de la oposición se sienten a hablar “clarito” entre ellos porque Venezuela necesita de la Unidad. Así, como quien da las buenas tardes.

Caray, ¿y es que ahora es cuando? Yo en mi ingenuidad daba por un hecho –pese a los rumores que se escuchan por ahí– que esa gente estaba conversando. Que los líderes que integran la llamada “alternativa democrática” se mantenían en contacto permanente y sostenido, no solo porque se los exige el compromiso moral que según han asumido ante la sociedad, sino además porque se supone que entienden cabalmente la gravedad que aqueja al país y son conscientes de que sin consenso no vamos a conjurar esta oscurana ni llegar a ninguna parte.

¡Eureka! De la propuesta del alcalde parece deducirse que sus correligionarios –¿y él?– se han dedicado a jugar Monopolio mientras la sociedad hipoteca su futuro en las morgues de Venezuela. Si lo que urge, como él plantea, es que los dirigentes se sienten por fin a hablar con franqueza, sin hipocresías, ¿quiere decir que han estado diciéndose zoquetadas durante todos estos meses? ¿O es quizá que cada cual viene perorando delante del espejo, como la bruja del cuento que se pregunta quién es la muchacha más bonita?

Ledezma es un hombre inteligente y ha demostrado que agallas no le faltan. Lo mismo Henrique Capriles –aunque ahora le llamen cobarde los que dicen que de esto no se sale sino radicalizándose, ¿y ellos? Radicales, pero en Twitter–. Y también López y Machado, víctimas de este régimen cada vez más miserable e injusto. Y Aveledo, y Guarulla, y Falcón. Y tantos más. Que pongan, pues, de nuevo, esa inteligencia y esa garra al servicio de la política como necesidad estratégica. El 22 de febrero, yo vi a algunos de ellos aparecer juntos en una tarima en la avenida Francisco de Miranda, en Caracas. Juraron seguir luchando. Juraron que las diferencias personales no definirían el destino de la Unidad. ¿Conque era una farsa? No lo creo, pero ya el hecho de que debamos hacernos la pregunta deja mucho que desear, si es que todavía se trata de desear y no de condenar.

Había pensado dedicarle la columna de esta semana al alcalde Antonio Ledezma. Unos días más tarde consideré dedicársela más bien a la carta de Jorge Giordani, esa babosada ilegible donde confiesa cómo destruyó la economía del país y aprovecha para informarnos algo que nadie sabe: que Nicolás Maduro es un incapaz. Tenía ya ideadas las líneas para descargarme a propósito del tema cuando, la otra noche, en el noticiero, escuché llorar a una de las madres de los estudiantes asesinados estas semanas en Venezuela. Entonces volví a Ledezma, al asunto de este artículo. Volví a la suspicacia, a la duda indignante que me produjo su admonición. Después de todo lo que ha pasado, resulta increíble que aún se pueda poner en tela de juicio el blindaje de la oposición. Peor: que aún haya que reclamarles, que rogarles, que mendigarles a sus miembros un pacto, un acuerdo que nos ayude a escapar de este callejón cruzado de zamuros. El llanto de esas madres es nuestra derrota. Uno esperaría que la Unidad fuese una discreta salvación. ¿Y ustedes?