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Leopoldo Tablante

Prefiguración del chavista risueño

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El chavista risueño es ese modelo de ciudadano que apoya la revolución bolivariana incluso cuando esta ataca los derechos humanos más elementales. Es un individuo que ha tenido ventajas educativas y materiales relativas y que ha podido absorberlas. Tiene un corazón de izquierda latinoamericanista anacrónico en el que se confunden el indigenismo y la hipersensibilidad afrodescendiente; la poesía de Mario Benedetti, Ernesto Cardenal o Nicolás Guillén; el repertorio de la Nueva Trova, Chico Buarque, Facundo Cabral o Mercedes Sosa; que tiene la memoria mordida por el disco Edición urgente de Silvio Rodríguez; y que, expatriado, tal vez condenó en Europa o Estados Unidos el escándalo Irán-Contras en sosas manifestaciones universitarias aguadas por la nevada o la lluvia con granizo. Su marco de referencias, extraído de un marxismo en climaterio, se limita a las categorías reaccionario-revolucionario.

A comienzos de los años 2000, con la crisis de la Ley Habilitante que consumó la polarización en Venezuela, el chavista risueño se alió con la llamada Clase Media en Positivo. Desde entonces, apoya al chavismo no con desenfado cínico, sino con un espíritu crítico que oscila entre la inocuidad total y la tibieza traslúcida. Porque, en principios, el chavista risueño prefiere el bajo perfil y solo renuncia a él cuando es confrontado por un opositor enardecido. En esas ocasiones abandona su zona de confort para hacer pública la ofensa de que ha sido objeto en redes sociales, en una sede del PSUV, en un canal de televisión o una estación de radio comunitarios. Su última instancia es VTV.

El ángulo más incomprensible del chavista risueño es su empeño en defender un proyecto político que contraría a rajatabla su propio modo de vida. Porque el risueño es por definición pequeñoburgués y tiene escrúpulos intelectuales, estéticos y sanitarios que lo alejan de la promiscuidad caótica de lo que el chavismo estamental llama «pueblo». El risueño interpreta el populacho igualado por debajo (ese que hace cola para comprar un paquete de harina PAN, un litro de aceite, una bolsa de café o azúcar o papel sanitario, desplazado hacia la clase media, hacia él mismo) como una fase de transición dentro de un movimiento de ambiciones complejas. Su personalidad se define por el calibre de sus disonancias, lo que genera la sorna de muchos analistas opositores. Por ejemplo, el periodista Alonso Moleiro llama al risueño «chavista gafo».

Pero, ¿cómo se construye un chavista risueño? ¿Y cómo se las arregla para seguir siéndolo? Recuerdo haber sostenido hace años una acalorada discusión con un amigo indignado porque un conocido común se había vuelto chavista. Él reducía el problema a dinero y poder; yo no aportaba a su hipótesis más que conjeturas. ¿Tal vez el chavismo le había ofrecido a nuestro conocido un discurso que le permitía aliviar una vieja desmoralización mutada en resentimiento, algo profundo y más allá de los usos y las gratificaciones? Porque el chavismo se ha vendido sobre todo como un horizonte emocional que consuela y anima al antiguo marginal, sociopolítico o íntimo. Pero la empatía circunstancial del chavista risueño devela su crisis. Hannah Arendt entiende al líder totalitario en ciernes –equivalente a nuestro chavista risueño– como un ser inspirado por el fracaso: «Fracasos en la vida profesional y personal, caos y desastre en la vida privada. El hecho de que sus vidas, antes de sus carreras políticas, hayan estado marcadas por fracasos –que, inadvertidamente, los opusieron a los líderes más respetables del viejo orden– fue su más fuerte vínculo con las masas». Es decir, la sintonía del chavista risueño con la base plebiscitaria del régimen no es otra cosa que quiebre y frustración transmutadas en arribismo y ambición ante la llegada de una promesa de justicia social que es, sobre todo, su oportunidad de ascenso: trámite inevitable para escalar posiciones hasta hacerse fuerte (quién sabe si intocable) y para devolver el ciclo de la naturaleza humana –ese que divide al mundo en clavos y martillos– a la casilla número cero.