• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

Precipitaciones dispersas

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V . S. Naipul perdió mucha credibilidad como escritor mucho antes de ganar el Premio Nobel de Literatura. La Academia de Suecia tiene sus propias razones para conceder los galardones y casi nadie sabe cuánto influyen la vida privada, las posiciones políticas, el buen uso de la gramática, las solicitudes en las librerías, las presiones de las grandes editoriales, las modas del momento y el mal rato que estén pasando sus integrantes en su vida familiar o sexual. Quizás la respuesta es todas las anteriores, pero anualmente ellos sorprenden al mundo, al menos, con tres tipos de selección: a) escogen al que todos consideran obvio; b) al que nadie conoce, y c) no escogen a Jorge Luis Borges, que es el nombre más emblemático de un escritor de alta calidad al que constantemente le negaron el merecimiento y nunca se sabrán los motivos.

Naipul perdió la amistad de Paul Theroux y desde ese momento su vida, que siempre estuvo resguardada de la curiosidad pública, empezó a presentarse como más interesante para cierto tipo de lectores que sus propios libros. Habiendo ganado el Nobel y siendo juramentado como caballero por la reina de Inglaterra fueron pocas las intimidades que quedaron ocultas. No sólo su editora, la que le corregía las trasposiciones de letras, alguna coma mal puesta o la recurrencia de un error ortográfico, se atrevió a contar sus encuentros con el autor de La pérdida de El Dorado y de Un camino en el mundo ­por referirnos a dos de sus obras que tienen que ver con Venezuela­, sino que se supo de algunos episodios de su vida extramarital mientras la esposa batallaba contra un cáncer de mamas que le costó la vida en 1996.

Con 80 años encima y un segundo matrimonio a cuestas, Naipul ha repetido que no tiene nada que decir, que se quiere mudar a Londres porque no resiste la muerte de su gato Augustus, y que cada rincón de la casa y del extenso jardín de su residencia en el condado de Wiltshire se lo recuerdan y no puede concentrarse en la escritura, aun cuando siente que es hora de callar, que ya no quedan recodos en el río ni guerrillas en el Caribe.

Con la vejez debería llegar también el olvido y el silencio, pero quien ha escrito con tan buena pluma y sensatez siempre tiene los demonios cerca, con lluvias dispersas, chubascos ocasionales y relámpagos que sorprenden como el fallecimiento del amigo que ronroneaba, no paraba de hablar ¿o ladraba? Permuto mala noticia por feliz Navidad.