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Marcelino Bisbal

Pre-textos

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La columna de este viernes está redactada a retazos. De ahí el título: pre-textos que significa entonces eso: ideas sueltas, no del todo hilvanadas, ideas que están marcadas por algún acontecimiento y por una intencionalidad con el propósito de poner en común un tema. Textos no acabados, que quizás habría que meditarlos y profundizar más, pero que conservan la transcripción del que escribe a partir de lo observado en la realidad. Pre-texto significa también ocasión, esto es, la necesidad de fijar opinión rápida y propicia frente a las cosas que pasan en el país y hasta en los contextos que nos envuelven.

Hecha esta aclaratoria, aquí van mis pre-textos en torno al diálogo y a la ida y ausencia inesperada.

1- El diálogo del jueves 10 de abril se da después de 55 días de protestas, de 40 muertos y de 2.378 detenciones. El diálogo fue y es necesario porque este estaba ausente desde hacía 15 años y 3 meses. La crisis que vive el país –económica, política y social– obligó al gobierno a sentarse en la misma mesa con los representantes de la oposición democrática, ante las cámaras de televisión y en cadena nacional. Fue más un debate, pero el momento no pudo ser a la vez más propicio para decir cosas que había que decir; también fue un momento oscuro porque los representantes del gobierno no reconocieron la crisis. Sus reflexiones estuvieron cargadas de pasado. Repitieron viejas fórmulas políticas y no respondieron los cuestionamientos que del otro lado se hicieron. El gobierno no aceptó la responsabilidad que tiene ante el fracaso del modelo que quiere instaurar. Se habló de “ilusiones ópticas” para tratar de justificar que el pueblo no ha bajado a protestar. Me pregunto si las estadísticas oficiales de cómo va el país en su economía, en su escasa productividad, en su “soberanía e independencia alimentaria” son también ¿ilusiones ópticas? Allí está la tozuda realidad que no se resuelve con voluntarismo político que, como diría Umberto Eco, está afectado de elefantiasis.

2- El reconocimiento. Al terminar el diálogo nos preguntamos ¿por qué los representantes del gobierno solicitaron con tanta insistencia el reconocimiento? ¿Cuál es el significado que tienen de esa palabra? ¿No se sienten reconocidos en el poder? ¿Por qué después de haber ganado tantas elecciones necesitan ser reconocidos? Vimos algunas caras de los delegados gubernamentales, producto de la ingenuidad política del director de la transmisión, que no demostraban tal reconocimiento hacia la oposición, sino todo lo contrario.

No pudimos evitar repasar estos 15 años y 3 meses y recordar unas palabras del filósofo Julián Marías cuando expresaba que “habría que preguntarse desde cuándo empieza a deslizarse la idea de la radical discordia que condujo a la guerra. Y entiendo por discordia no la discrepancia, ni el enfrentamiento, ni siquiera la lucha, sino la voluntad de no convivir, la consideración del otro como inaceptable, intolerable, insoportable”

El reconocimiento implica convivencia social. La convivencia es un acto de comunicación. Si esta no se da, el otro y todo otro son unos desconocidos, unos extranjeros. Debe ser razón de Estado el reconocimiento del otro, aunque piense distinto, y debe ser razón de Estado el establecer reglas de convivencia. A lo largo de todos estos años desde el Gobierno, e incluso desde una porción del país que incluye también a actores de la oposición, han contribuido a fragmentar y polarizar la sociabilidad en lugar de tejer formas de convivencia, que son tejidos de convergencias ciudadanas.

3- El último retazo. En medio de esta tormenta que atravesamos, la ausencia y despedida a Michaelle Ascencio por su amistad y por lo que nos dejó para la comprensión del Caribe, de lo religioso y del imaginario de nuestras identidades. La ausencia y despedida a García Márquez, por sus libros ficcionales y reales y por decir, practicar y sentir que “el periodismo es el mejor oficio del mundo”.

El des-orden del mes de abril nos trajo hasta aquí. La posibilidad de un diálogo que tanto necesita el país, que ya comenzó y que ojalá rinda sus frutos. Un diálogo, para bien de nosotros, en el cual nos reconozcamos así como nos reconocimos en los textos de Ascencio y del Gabo.