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Carlos Delgado Flores

Potlach

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En muchos pueblos aborígenes de diversas latitudes, los ritos agrícolas pueden incluir el Potlach (dispendio ritual) como una forma de legitimar el liderazgo. Reunidas las familias de la comunidad para consumir los frutos de la cosecha, aquel que sea capaz de derrochar más, de regalar más, ese mandará sobre los otros, como los antiguos emperadores tahitianos, gordos y venerados por generosos.

Se dice que fue con el enfrentamiento de bandos rivales y sus potlach como se acabó la civilización de la isla de Pascua, y hay incluso quienes afirman que a los antiguos mayas los desoló la hambruna no solo porque acabaron con la sostenibilidad de los bosques, quemándolos para hacer cal con qué cubrir sus templos, sino también por los dispendiosos obsequios a sus deidades.

En nuestro caso, hemos venido sosteniendo, desde 2007, que al ser este un gobierno diseñado por antropólogos que aspira a generar transformaciones en la cultura venezolana en tanto sistema de producción de identidad, no hay nada de raro que junto con el discurso subalterno de la épica de los bolivarianos que resarcen cinco siglos de entuertos imperiales, viniera el potlach para dar legitimación al líder, tan eficiente y tan perverso como lo es la corrupción en cuanto a mecanismo de redistribución de la renta.

Bajo una trama oficial, de discurso y acciones políticas asistencialistas, está el conocimiento de que en las estructuras profundas del imaginario colectivo venezolano está el dispendio ritual, de la mano del recuerdo del hambre, la pobreza, el hogar de mujeres solas y la montonera tras el caudillo. El dispendio cierra un vínculo entre quien gasta y convida a consumir  –en este caso, un funcionario público–  y quien aún teniendo suficiente, no rechaza el obsequio –un “ciudadano” cualquiera–; vínculo que se enlaza entre racionalidades y costumbres: la de no declinar por no quedar como desagradecido, la de la escasa significación de lo público o de la representación del otro, con lo cual se acepta “para no quedar como un pendejo” y la de asumir que se trata de algo gratuito, que no tiene costo porque lo paga el mítico petróleo administrado por el gobierno constituido de entre mis iguales, para que lo gaste y lo reparta.

Este dispendio no es nuevo ni es original del chavismo: caudillos y populistas nuestros –y ajenos– apelaron a él cuando quisieron establecer una “conexión emocional” con su gente. Y francamente, el potlach dentro de procesos de estetización de la política ha resultado un poderoso mecanismo de control de los conflictos sociales, porque une la expectativa de retribución con el compromiso afectivo con el líder.

Los problemas surgen cuando el acuerdo social sobre el dispendio disminuye hasta niveles de impopularidad, cuando no hay un líder que pueda capitalizar los bienes afectivos derivados del obsequio, o cuando se introduce la afectación a terceros, como expresión del compromiso. En este último caso, al vínculo entre racionalidades se le agrega una nueva: la de la guerra contra el bando enemigo, en nuestro caso, no la “oposición” o la “derecha”, o la “burguesía apátrida”, sino la democracia, la modernidad.

El otro bando comparte el sistema de identidades culturales, ha ido entendiendo cómo opera la política del chavismo y creciendo en su opción política, pero aún le falta dar con el modo de trascender el dispendio y su relación. Una tentativa reciente es la respuesta de los comerciantes a la política oficial de reducción de precios: no resistirse, más bien, apurar con ofertas el agotamiento de los inventarios, presionar el potlach para hacerle más costosa la política el gobierno, abrir caminos para el diálogo. Ojalá haya más éxito en la pascua decretada de esta ínsula, que en la isla de Pascua.

Twitter: @cardelf