• Caracas (Venezuela)

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Antonio López Ortega

Postración

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Hago de vez en cuando un ejercicio: sentirme como un miserable. Es hasta cierto punto, me digo, una conducta ciudadana, porque finalmente me hago eco de un discurso público que me llama parásito, apátrida, traidor. El ejercicio consiste en escuchar los insultos y cerrar los ojos para luego bucear en mi interioridad y descubrir cómo me siento o en qué me convierto. Y las sensaciones son variadas: desde proyectarme como un individuo que camina por las calles sin que nadie se inmute hasta imaginarme como un columnista cuyas opiniones no interesan a nadie. Lo que siempre quiso el gran poeta Fernando Pessoa –el desdibujamiento– se logra a través de estos insultos: no soy nadie, y por lo tanto me siento liberado: puedo morir en paz; nadie soltará una lágrima por quien finalmente no existe. Sólo que los miserables podemos ser varios, y hasta millones, si nos atenemos a las cifras electorales. Una legión de miserables –eso somos para el discurso oficial.

Si quisiéramos ser respetuosos con las autoridades y calzar en sus anhelos, nuestro rol en la vida tendría pocos actos: callar, por supuesto; dejar de actuar; nunca opinar; guardar silencio. Mucho nos acercaríamos a nuestros semejantes de otras épocas: a los que llevaban vendados al paredón del fusilamiento, a los que encerraban hasta morir en el gulag, a los que internaban en la cámara de gas para dormir el sueño de los justos. La escoria de antes para muchas revoluciones que postulaban una nueva humanidad es la misma escoria de hoy: deshacerse de los impresentables. Como soy parásito, vivo de los demás; como soy apátrida, no tengo derecho de caminar por estos suelos; como soy traidor, nadie me puede tener confianza. Ese es el ejercicio: tener asco de sí mismo, no traer hijos al mundo para no sentir vergüenza de la mirada escrutadora, no emprender nada porque nada nos salva.

Suponemos que las palabras tienen un valor (sobre todo cuando provienen de la alta magistratura), suponemos que si se pronuncian es porque se cree en ellas, suponemos que si se emiten es porque algo quieren significar. Y la significación es clara: sentirse nadie, nada. Mi madre hubiera dicho: “Un cero a la izquierda”. Incluso los muertos merecen más palabras que los miserables. Si acaso algo nos define, en última instancia, esto es un estado de postración, concepto que el DRAE define en estos términos: “Arrodillarse o ponerse a los pies de alguien, humillándose o en señal de respeto, veneración o ruego”. Hay ruegos, por cierto, que aun hechos en estado de postración sólo han encontrado oídos sordos, por no decir soberbia o indiferencia.

Aviso final a la legión de miserables: que corran a esconderse en sus casas, o que perezcan de sed en el desierto, o que se internen en selvas inhóspitas. No dejarse ver –esa sería la consigna–. Seamos ciudadanos ejemplares y, por el bien de la República, acatemos los deseos de nuestros gobernantes. Ellos nos guían, son sabios y adivinan un futuro donde nosotros no podremos estar. Seamos anónimos, hasta que la muerte llegue, y transcurramos sin pasiones, sin deseos, sin verdades. La voz, si acaso, que sea sólo la del pensamiento, que de todas maneras debe cesar gradualmente, porque todo traidor se traiciona a sí mismo, mintiéndose hasta el infinito.

Por último, favor hacer caso omiso de estas líneas, que nada significan ni agregan. Es un texto extraviado, un rapto que se ha salido de cauce. Como los traidores no se reconocen en sus palabras, lejos estoy de reconocerme en éstas que discurren o acaban. En verdad este ha sido el borrador de otro que no reconozco ni quiero reconocer. Yo sencillamente desaparezco, en el desierto o entre la selva. Mi muerte es el presente (un presente sin palabras), porque el futuro es de otros.