El Nacional

• Caracas (Venezuela)

Opinión

Luis Pedro España

Pos los 2,2 millones

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La campaña electoral oficial ha tomado un giro. La estrategia inicial, esa de amedrentar a la población que votó en 2010 a favor de los diputados de la oposición y conformarse con sus votos duros, ha dado paso a una temprana moderación que busca conquistar a los indecisos (a los confundidos o manipulados, como gusta decir) para consolidar lo que suponen sería la ventaja definitiva. Se acabó, o al menos se atenuó, aquello de los 30 puntos de ventaja.

Los números de GIS XXI, y del resto del rosario de encuestadoras para las que 100% no es suficiente en sus cuentas, parecen tener sordina. Se sigue una de las prácticas comunicacionales del Gobierno, que consiste en avanzar con nuevos mensajes, opuestos a los anteriores, y si les recuerdan los pretéritos, igualito los asumen.

Estamos en presencia de quien afirma lo blanco y lo negro a la vez, sin un solo rictus de contradicción. El cambio de estrategia, que si se les pregunta tal cambio contestan que no ha ocurrido, responde a la idea de que efectivamente se parte la campaña con las fuerzas equilibradas y de lo que se trata ahora es que el candidato del Gobierno salga a conquistar los votos para llegar a su tradicional 60%.

En lo que no repara ese supuesto es que en esta oportunidad, y desde 2006, la oposición no ha dejado de ganar porcentajes y el Gobierno de perderlos. Tal equilibrio coloca a las opciones presidenciales en 6 millones de votos cada una, lo cual deja disponible otros 6,9 millones (según el nuevo registro electoral permanente), que en verdad se reducen a 2,2 millones, si como cabe esperar, la abstención ronda 25% de los 18,9 millones de electores.

Así las cosas, quien obtenga la mayoría de los 2,2 millones no marcados, será el ganador de las elecciones del 7 de octubre ¿Quiénes son estos venezolanos que decidirán? Para responder esta pregunta lo más fácil es comenzar por decir quiénes no son estos venezolanos.

En su mayoría no pertenecen a los estratos altos y medios del país. Tampoco se encuentran en las zonas más pobres y dispersas de Venezuela. Puede que tampoco formen parte de esos venezolanos que han votado en la mayoría de las elecciones o que están interesados en la agenda pública nacional y la siguen día a día.

Por descarte, estas 2,2 millones de almas están obstinadas de la confrontación política, están regados en las ciudades intermedias del país, forman parte de los sectores populares y, para ellos, el discurso y la propuesta electoral que se aproxima a sus intereses es aquello que mezcla las aspiraciones con la oportunidad de acceder a ellas.

Si verbalizaran su deseo, apostarían por un proyecto de futuro que vincule protección con progreso, en una simbiosis que no es fija y varía según la experiencia de éxito que hayan experimentado, junto a las oportunidades que brinda la localidad donde residen. Obviamente una buena parte de ellos están vinculados directa, aunque más indirectamente, al Estado.

Por ello la estrategia privilegiada del oficialismo es atemorizarlos, según el chantaje del "amor con amor se paga", o lo que es igual: creando dudas sobre el secreto del voto para después condicionar la distribución de los posibles favores.

Por su parte, el mensaje alternativo debe ser el de enamorarlos; dar confianza e insistir en la ausencia de venganzas o rencores a futuro; ofrecer la garantía de que nadie será desmejorado y de que la injusticia política del apartheid nunca volverá a existir entre nosotros. Esta estrategia, que luce obvia del lado opositor y parece haber descolocado al Gobierno, tiene sus detractores o corre el riesgo de producir descontentos de nuestros ciudadanos atemorizados y deseosos de un cambio.

Los electores que ya forman parte de la oposición pueden sentirse desatendidos y no escuchados en sus deseos de justicia y satisfacción luego de 13 años de humillaciones. Los vecinos de los Altos Mirandinos, de la Redoma de Guaparo, del sureste caraqueño, Lecherías en Anzoátegui o próximos a la Vereda del Lago, por mencionar zonas estigmatizadas, pueden sentir que la campaña no es con ellos, que los dejaron por fuera.

A ellos hay que recordarles que la campaña no es para los 6 millones que ya han decidido su opción (o los 12 millones), sino para los 2,2 millones que definirán el destino de la patria. Ellos son la prioridad de la campaña, como cuando toque, los más pobres deberán serlo cuando se alcance el Gobierno.

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