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Armando Durán

¡Pónganse a rezar, que ahí viene Maduro!

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A dos semanas exactas del 6-D, el chavismo, arrinconado por la magnitud de la crisis y del malestar ciudadano, sencillamente no parece saber a ciencia cierta qué hacer para evitar la catástrofe por venir.

Según la última y devastadora encuesta de Datanálisis, 92% de los ciudadanos piensa que la situación del país es mala o muy mala. Consecuencia directa de este registro implacable de la realidad es que apenas 21% de la población aprueba la gestión de Maduro. Nada más natural, pues, que 63% de los encuestados digan que van a votar por los candidatos de la oposición y que solo 28% confiese que lo hará por los del oficialismo, una devastadora diferencia de 35 puntos, que sea cual sea el resultado que esa noche anuncie el CNE, marcará un punto de inflexión decisivo en el proceso político venezolano.

El origen de esta debacle que se avecina hay que buscarlo en la elección presidencial del 14 de abril de 2013, cuando Tibisay Lucena dio cuenta de la victoria de Maduro, aunque por un margen muy mínimo. Más allá de la protesta que produjo el anuncio de la presidenta del CNE, aquella votación determinó un antes y un después. Desde la elección de Hugo Chávez en diciembre de 1998, la candidatura oficial se había impuesto sobre la oposición con amplitud arrolladora, pero ahora, a pesar de todos los esfuerzos del régimen por convencer a los electores más ingenuos de que votar por Maduro equivalía a votar por Chávez, quien de acuerdo con esa propaganda barata conservaba la vida en el corazón palpitante del pueblo, aquella jornada electoral arrojó una inquietante verdad. Desde la última elección de Chávez como presidente, en octubre del año anterior, a la de Maduro, 6 meses después, el chavismo perdió 800.000 votos y la habitual ventaja de 20 puntos se transformó de golpe en un revelador empate técnico.

Dos hechos señalaron entonces el inicio de un nuevo momento estratégico para el chavismo. Primero, que el liderazgo de Chávez era intransferible. Tanto, que en esta encuesta de Datanálisis 58% de los venezolanos todavía aprueban la gestión de Chávez, a quien no le atribuyen en absoluto la culpa del gran desastre nacional. El otro es que con Venezuela partida en dos mitades iguales, Maduro no podría seguir gobernando al país de la manera unipersonal que caracterizó al mandato hegemónico de Chávez durante los quince años de su presidencia, ni imponerles a los venezolanos su voluntad simplemente porque le daba la gana.

Maduro entendió la primera parte del problema. Por eso destituyó a Jorge Giordani, artífice de las calamidades económicas y financieras que ya asolaban el país, reconoció la necesidad de poner en marcha una suerte de gobierno colectivo, al que llamó Alto Mando Político Militar de la Revolución, y se vio obligado a compartir su poder con Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, pero en lugar de tratar de entenderse con la oposición, y aunque en su discurso de toma de posesión sostuvo estar dispuesto a sentarse a dialogar “hasta con el diablo”, la verdad es que hizo todo lo contrario. Ni siquiera intentó diseñar y negociar un modus vivendi con sus adversarios políticos, con los medios de comunicación y con el sector privado de la economía, sino que radicalizó las posiciones del régimen y emprendió ciegamente el camino que ha terminado por lanzar a Venezuela y a sus habitantes al fondo de un abismo de sombras y de nada.

Esta miseria física y espiritual que hoy sufren los venezolanos no es el resultado de una diabólica conspiración del imperio y sus lacayos criollos contra la revolución, sino de aquellos vientos disparatados. Esa es la causa de la tormenta actual, de la ineludible hecatombe electoral del 6-D y de las no menos ineludibles consecuencias políticas y existenciales que encierran las terroríficas amenazas de Maduro. ¿Tendremos que hacerle caso y ponernos a rezar?