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Karl Krispin

Ponga un tigre en su tanque

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Cuando yo era niño y teníamos país, mi madre ponía gasolina en las estaciones Esso y decía, porque lo recuerdo como si fuera hoy: “Tres bolívares de quince”. “Ponga un tigre en su tanque” o llenarlo costaba unos seis bolívares: mi madre era austera y tal vez prefería surtirlo de medio tanque en medio tanque. Eran los sesenta, gozoso tiempo en que en la avenida Real de Sabana Grande había parquímetros y nadie incumplía con el pago. En esa época a una prima mía le robaron el carro en la UCV y la noticia salió en el periódico. Seis bolívares de aquellos equivalían a 1,39 dólares. Si tuviésemos que aplicar esa tasa hoy, pagaríamos bastante más de lo que nos cuesta en nuestros tiempos, independientemente de que se calcule a Sicad II o al paralelo. La pregunta es: ¿cuánto debería costarnos llenar el tanque? Por allí han salido toda suerte de opinadores y summa cum laudes a decir que como no, que aumento ya, que la integridad del PIB y ponen el siempre manoseadito ejemplo de la botella de agua. Si a mí me preguntara el presidente Maduro, le respondería en venezolano: sí pero no. Porque el problema hay desbrozarlo y encierra todo un espectro político para resolver antes de aumentar el precio, a lo que en principio no me opongo. Mi “sí pero no”, me lleva a que a no me produce júbilo alguno pagar por un precio justo e incluso ganancial por la gasolina mientras la chulería cubana se lleve gratis nuestro petróleo. A mí no me llena de dicha contribuir al equilibrio fiscal de nuestro gobierno, mientras los chinos tengan clavados sus chopsticks sobre nuestra producción futura. El actual gobierno chino de Xi Jiping no es más que una comandita corrupta de violadores de los derechos humanos. Mientras The Wall Street Journal se maravilla por el tamaño de las torres en Shanghái o Pekín, el mundo libre sigue pidiendo explicaciones por las víctimas de Tiananmen.

Uno de los símbolos de Boston es la valla luminosa de Citgo en Kenmore Square. Los bostonianos veneran este icono en la intersección de Commonwealth Avenue y Beacon Street. La propia Citgo ha querido desmantelarlo en el pasado y se ha encontrado con la febril oposición de los muy conservadores lugareños que lo consideran parte de su identidad urbana. Los venezolanos que han visitado o vivido en esa ciudad, saben del orgullo que ha sido señalar el tremendo anuncio y decirle a los habitantes de Massachusetts: “100% capital venezolano”. Pero ahora Ramírez quiere venderla porque los comedores de lumpias están impacientes por sus pagos. Este gobierno no lo dice pero ha privatizado Pdvsa y ello les impone ciertas decisiones porque en el Partido Comunista chino quieren aderezar con más soya sus guisos. En 1990 una delegación de periodistas británicos visitó nuestro país para conocer el programa de ajustes del presidente Pérez. Tuve el honor de trabajar en esa gira cuando Reinaldo Figueredo era el canciller. Ya lo he contado antes pero me provoca recordarlo de nuevo. El corresponsal de The Economist en Washington, Roland Dallas, le preguntó al coordinador de Pdvsa, Luis Giusti, sobre cuál era la ganancia de Petróleos de Venezuela después de pagar deuda e impuestos. Era el presidente de la compañía Andrés Sosa Pietri. Giusti simplemente respondió: “Sir, we do not owe a cent”. Traducción: “Caballero, nosotros no debemos un centavo”. Fue un instante de verdadero orgullo nacional escuchar esa respuesta. Me gustaría que alguien en la Pdvsa roja rojita pudiese en estos falsos tiempos de patria decir lo mismo.

En estos delirantes años de aquelarre y destrucción, pasamos de las vacas gordas a las vacas flacas. Una condición muy venezolana por cierto que también se vio entre CAP I y Luis Herrera Campíns. Nada nuevo, repetición de idénticas miserias, especialmente al creer en la máxima de que el Estado es lo máximo. Mientras no abracemos con convicción el capitalismo y el liberalismo, jamás saldremos de esta tragedia jánica en que la careta contiene simultáneamente la risa y el llanto. Yo apuesto a que el gobierno tenga éxito en su programa de ajustes macroeconómicos por muchas razones: porque soy venezolano, porque seguiré viviendo en mi país, porque creo en el capitalismo y en el liberalismo. Pero ese programa de ajustes debe ser realizado pensando en los venezolanos y no en los parásitos foráneos que siguen succionando alegremente de nuestro oleoducto. Algo también bastante común en nuestra historia anterior cuando CAP I jugaba a la salvación del Tercer Mundo, de la humanidad y de las naciones hermanísimas. El mismo libreto ruinoso  y pasado de moda. Al fin y al cabo Carlos Andrés Pérez I y Hugo Chávez representaron el anverso y el reverso de la misma moneda. Nicolás está ensayando a ser CAP II. La función está por comenzar.