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Antonio Sánchez García

Poleo en julio

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Banalizar y a “revolcarnos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseados”, como en el tango de Discépolo: he allí la enfermedad senil de las democracias terminales. Ahora resulta que la más contundente y exitosa expresión de rebeldía contra el régimen cívico-militar venezolano, en cuya primera fase dejaran la vida más de cuarenta jóvenes venezolanos, que conmoviera al mundo desenmascarando la naturaleza dictatorial y castro-comunista de esta satrapía, que para su provisorio y urgente boicot requiriese del Estado castro-chavista en pleno, sus fuerzas armadas, policiales y parapoliciales y el concurso de todas las cancillerías de la región, el papado y la mueblería de la oposición de los partidos de la cuarta y quinta repúblicas es “una aventura desventurada”. Digamos: un capricho de un joven inexperto que en compensación a su juvenil ardor y carencia de madurez se sale de madre por abundancia de hormonas. Y condenarlo a la cárcel de por vida, no más que “un chiste malo”, una indiscreción de los expertos, maduros, templados y aguantados dirigentes que hacen vida alrededor de un mueble, que otra cosa no es la MUD. Un objeto inerme, inmóvil, sin vida apropia –que eso es un mueble– al que se sientan solo dirigentes, que líderes “no los hay”. Peor y más desolador descripción de la alianza de la oposición oficialista y de la valía de sus miembros, imposible. No lo digo yo: lo dice Rafael Poleo en su columna de este 16 de julio en El Nuevo País.

¿Cómo habría de haber líderes políticos en Venezuela si el más experimentado, trajinado y resabiado de nuestros editores, de una lúcida, experimentada y acerada inteligencia política, entiende nuestra más grave crisis existencial como asunto de veleidades, chistes, caprichos y abundancias hormonales? ¿Cómo no habría este país de llegar a este vertedero si, a pesar de 250.000 cadáveres, 3 trillones de dólares tirados al basurero y 30.000 millones de dólares choreados en la mayor impunidad, mientras una almiranta ministra y sus generales consideran que ser chavista a ultranza y fanáticamente –allá lo que diga ella, la bicha, ese otro mueble destartalado, la Constitución– es el desiderátum de un uniformado del siglo XXI y que un exmotorizado, exrockero, exdiscípulo de Sai Baba, exchofer de Metrobús, exsindicalista y excadete de una escuela de formación guerrillera en la Cuba castrista, de nacionalidad improbable, ostenta la Presidencia de la República, todavía hay gente que suponemos seria que ve nuestra tragedia como si de un sainete de conventillo, con deslenguados e impulsivos, viejos tragicómicos y jóvenes ardorosos se tratara?

 

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Da por supuesto Rafael Poleo, que es quien sostiene estas insólitas extravagancias en su periódico El Nuevo País, que en Venezuela basta dejar de decir chistes crueles y sofrenar los impulsos hormonales de jóvenes inexpertos para que todo se resuelva como por encanto. Los dueños e inquilinos del mueble se reúnen –por cierto y a pesar de la seriedad que Poleo pretende otorgarle al sustantivo “partidos”, una realidad cada día más desprestigiada y despreciada por la sociedad civil, sin por ello negarse a hacer política o practicar la denostada “antipolítica” del pasado–, acuerdan dialogar con un muchachón alebrestado y daremos vuelta la página para luego, como en el divertido filme Nunca en domingo, de Jules Dassin, irnos a la playa, comer perdices y ser felices.

Considero, muy por el contrario, que no saldremos de esta pesadilla por los marmóreos pisos alfombrados que nos recomiendan nuestros filósofos in partibus infidelis ni tras amables conversaciones palaciegas. Creo, asimismo, que la revolución democrática vivida desde el 12 de febrero señala la única ruta posible al desalojo de la dictadura. Exactamente como sucediera el 23 de Enero de 1958, el único antecedente aún vivo de esta crisis histórica que hoy vivimos. Y las razones nos son tan conocidas, que hasta es una majadería insistir en ello. Así debamos hacerlo por elemental obligación de esclarecimiento político.

En un país carcomido por la incuria, la corrupción, la alcahuetería, la pudrición moral, los saqueos descomunales, los abusos contra los derechos humanos y los peores chanchullos electorales, que Poleo conoce como la palma de su mano, la decisión de Leopoldo López, María Corina Machado, Antonio Ledezma, Gabriel Puerta, las dirigencias universitarias y muchos de esos dirigentes mobiliarios, entre ellos el mismo Henrique Capriles, de convocar a la marcha del 12 de febrero en contra de la violencia y la inseguridad en nuestras universidades, fue no solo justa, sino oportuna y acertada. Una manera perfectamente legítima de salirle al paso a la escalada de atropellos y radicalización que, iniciada con el Dakazo y la manipulación electoral del 8 de diciembre, había decidido seguir apretando las clavijas dictatoriales del régimen, que veía abierto el camino para la entronización definitiva, facilitada mediante diálogos y otros cantos de sirena. Mientras los dirigentes de la MUD bajaban el ala, contrariados por la derrota electoral, y decidían retirarse a sus cuarteles de invierno, que en Venezuela no había otra cosa que hacer que esperar por las elecciones. Lo dijimos entonces, al oponernos desde antes del primer encuentro de Maduro con alcaldes y gobernadores, que la vía del blindaje del régimen tras la muerte de Chávez y la apuesta de los Castro por Maduro, su esbirro en Caracas, pasaba por la mano izquierda, aterciopelada, de marear a nuestras dirigencias con habladurías y promesas y atacar con la férrea dureza desenguantada de su mano derecha la punta de lanza del movimiento democrático, el estudiantado universitario. Dicho y hecho: diálogo en Miraflores y violación del fascismo rojo a estudiantes universitarios en Mérida.

Visto a posteriori, el olvido inducido por tirios y troyanos pretende convencernos de que si, a pesar de tener perfecta conciencia del impulso totalitario del madurismo, nos quedábamos callados y tranquilos, la otra acera hubiera hecho lo mismo y todos, de consuno, esperaríamos felices por las elecciones de diciembre de 2015. Pamplinas. Nos quedábamos en casa y la dictadura estuviera muchísimo más fortalecida de lo que está hoy, cuando boquea tratando de carenar un barco que se le está yendo a pique.

 

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Exactamente como el 11 de abril: Chávez se asomaba al balcón, aceptaba los reclamos de l millón de caraqueños que fueron a protestar en defensa de los despedidos de Pdvsa –decisión que parecía estar dispuesto a asumir, si las cosas no le salían a pedir de boca– y el curso hubiera sido otro. Pero solo un imbécil puede desconocer, tras 14 años de chavismo, que eso era imposible: pedirle peras al olmo. Entonces, luego y ahora, la pretensión era, es y seguirá siendo la misma: romperle el espinazo a la democracia venezolana y montar la segunda Cuba en territorio continental. Esperando, provocando o imponiendo la circunstancia propicia. Los Castro no nos han dejado otra opción desde noviembre de 1995, cuando oficializaran la cooptación de Chávez como la pieza clave de su movida final: o los venezolanos nos dejábamos violar por las buenas o nos violaban en gavilla por las malas. Tertium non datur. En ese forcejeo estamos desde entonces.

Valga el ejemplo para el análisis del 12 de febrero: se asomaba la fiscal, procedía a recibir a los dirigentes de la marcha, y todo volvía a sus cauces. Unos y otros en concordia y santa paz preparándonos para las elecciones, como si viviéramos en el mejor de los mundos. Es aquello de que pretende convencernos Henry Ramos, el más consecuente de los inmobiliarios. Salvo que solo un imbécil –y él está lejísimos de serlo– puede culpar a Leopoldo López o a María Corina Machado de los tres muertos que el mando supremo cubano de esta satrapía ya había decidido antes de que la marcha saliera de la Plaza Brión, en un río de indignación inimaginable para todos, exactamente como antes de los sucesos del 11 de abril. La vía cubana de la tiranía: asesinar para mantener la rebeldía en vereda. Y encarcelar a una figura emblemática como chivo expiatorio y amenaza perenne, de por vida. Otro Iván Simonovis para escarmiento: Leopoldo López. ¿La justicia? ¡Muy bien, gracias!

 

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Lo que ni los promotores de la marcha ni los esbirros del régimen imaginaron fue que, por efecto de la violencia del régimen y el asesinato por sus esbirros de tres jóvenes venezolanos –uno de ellos miembro de una de sus bandas armadas–, convertida por la dialéctica confrontacional echada a andar sin límites ni medidas por el gobierno de Nicolás Maduro en un gigantesco movimiento de rebeldía popular contra la dictadura, se convertiría en una de las decisiones políticas más trascendentales de nuestra historia contemporánea, que tras 14 años de connivencia y alcahueterías de “los experimentados dirigentes de la cuarta” y sus acólitos de la quinta en sus chanchullos con el chavismo, y lograría los mayores éxitos en el debilitamiento social del régimen y las mayores victorias en la lucha por la libertad. ¿O tuvo más éxito una quisicosa de tres al cuarto, convocada en las sombras entre gallos y medianoche, sin un solo resultado que exhibir, llamada, pomposamente, “diálogo”? Del que en el colmo de la estolidez algunos de sus promotores se vanaglorian de no haber provocado un solo muerto. Como si un encuentro social de señorones desarmados tomando café con galletas en el palacio presidencial pudiera terminar en una carnicería. Ni en la Cancillería de Hitler.

 

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Esa rebelión profundamente democrática está en curso y recién en sus comienzos. Salvo que un acuerdo espurio, antinacional y contra natura de las fuerzas coaligadas de la satrapía con la oposición oficialista la ahogue en ciernes mediante la persecución, la mazmorra y la sangre. Como toda revolución –y así lo escribimos pocos días después del 12-F– tendrá sus altibajos, sus avances y retrocesos, sus victorias y sus derrotas. Pero una vez desatada, nada ni nadie podrá detenerla. Fue, para todos nosotros, una inmensa sorpresa que desveló el verdadero ánimo del pueblo democrático. Digan Schemel, Luis Vicente León y todos los paniaguados de la connivencia lo que a bien pagado tengan. Nadie que yo conozca, ni López, ni Machado, ni Ledezma, ni Puerta Aponte imaginaron que una simple convocatoria a una protesta desataría un gigantesco movimiento antidictatorial como el que ensangrentó las calles de Venezuela durante esos tres nefandos meses de febrero, marzo y abril, que puso de manifiesto el grado de indignación que arropa a los sectores democráticos venezolanos. Su nombre poco importa. Pero a esa revolución democrática ni la den por fracasada ni por muerta antes de tiempo. Late en las profundidades del cuerpo social venezolano como aspiración de sus mejores hijos. Seguirá su curso y tendrá éxito. O Venezuela terminará parapléjica, vegetando en el purgatorio como Cuba, con Poleo dejando sus huesos en tierra norteamericana. Le deseo fervientemente y de corazón, que así no suceda.

 

@sangarccs