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Sergio Dahbar

Poderoso don dinero

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Se sabe: lo que hacemos con el dinero dice mucho de lo que somos o, si se quiere, de lo que podemos ser. El más reciente estudio sobre la riqueza en el planeta de Credit Suisse informa que 1% de la población mundial (con un patrimonio valorado en 760.000 dólares o más) posee tanto dinero líquido o invertido como 99% restante de la población mundial. Así de paradójico.

La sexta edición de este informe fue elaborado con datos del patrimonio de 4.800 millones de adultos de 200 países. Y establece una brecha insalvable, ampliada desde 2008.

El premio Nobel estadounidense Joseph E. Stiglitz, autor de La gran brecha, qué hacer con las sociedades desiguales (Taurus, 2015) dibujó una imagen notablemente gráfica: un autobús que transporte a 85 de los mayores multimillonarios mundiales, contiene tanta riqueza como la mitad más pobre de la población global.

Como dice Julio Medem, uno podría contar la historia de una vida a partir de las casualidades. En mi caso, salté de la noticia de Credit Suisse a un libro que cayó en mis manos, La historia del mundo en cien objetos (Debate, 2012), voluminoso trabajo de Neil MacGregor, director del Museo Británico. Una manera de entender el pasado a partir de los inventos del ser humano. Me llamó la atención el objeto número 99.

Para este historiador del arte, las tarjetas de crédito aparecidas por primera vez en los años cincuenta forman parte ya de la “urdimbre de la vida moderna”. En ese momento el crédito bancario dejó de ser prerrogativa de la élite. La cultura consumista anglosajona se desparramó por el mundo.

Así como el sexo y la guerra, el dinero ha acompañado al hombre desde el principio. En el Museo Británico se pueden observar desde las monedas de oro del legendario rey Creso de Lida (550 a. C.) y el papel moneda del primer emperador Ming (1375/1425 d. C.), hasta la primera moneda global, los reales de plata de a ocho (1573/1598 d. C.) del rey de España, acuñadas en Potosí, Bolivia.

Las tarjetas de crédito fueron un invento americano que apareció con la expansión del crédito, después de la Segunda Guerra Mundial. Diners Club emitió la primera en 1950. Pero ocho años más tarde apareció la verdadera primera tarjeta de crédito, BankAmericard. Sin embargo en los años noventa se volvieron populares.

Una de las tarjetas de crédito más llamativas es la de oro de los Emiratos Árabes Unidos. La emite HSBC Amanah, filial islámica de la corporación. Se comercializa como una tarjeta conforme con la ley de la sharia. Las culturas religiosas milenarias siempre se han preocupado por la usura, el préstamo y el interés. Por eso ha crecido la banca islámica, que ofrece servicios compatibles con las creencias religiosas en sesenta países. No podemos olvidar que la sharia condena la homosexualidad como un crimen y obliga a las mujeres a acatar normas de vestimenta atroces.

Es obvio que esta tarjeta de crédito en oro demuestra la importancia económica de Medio Oriente. Señala otro fenómeno, nos dice MacGregor. Contradice lo que muchos intelectuales y filósofos (incluido el entusiasta Karl Marx) creían a partir de la Revolución Francesa: que las fuerzas de Dios cederían ante las fuerzas del dinero.

El informe de Credit Suisse confirma que el dinero sigue en manos de muy pocas personas. La democratización del capital es una utopía milenaria encerrada en los libros. Y la tarjeta de crédito de oro, emitida por los Emiratos Árabes Unidos, pone en evidencia que la religión volvió al centro del escenario político mundial, con consecuencias retrógradas. Dos verdades que no son alentadoras y que de muchas maneras significan un retroceso para el mundo.