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Luis Ugalde

Poder popular

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En el siglo XIX, cuando marxistas y anarquistas eran todavía políticamente jóvenes e incontaminados por el poder, planteaban las cosas de la siguiente manera: Hay que destruir el poder burgués para que el proletariado pueda vivir. El Estado siempre es dictadura de una clase sobre otra, por lo cual debe desaparecer. Al llegar aquí se dividían: Marx y compañía creían que para demoler el Estado burgués era imprescindible crear el Estado obrero, es decir, la dictadura del proletariado que arrancaría de raíz la propiedad privada de los medios de producción y los estamentos sociales. Sin clases sociales el Estado se extinguiría. Los anarquistas rechazaban la creación de la dictadura del proletariado porque una vez concentrado el poder en una nueva dictadura de partido, ésta se perpetuaría; tenían razón. Desde entonces ha corrido mucha agua bajo los puentes y mucha sangre bajo las dictaduras comunistas.

Uno de nuestros grandes problemas es que millones de trabajadores y sus familias tienen escaso poder político, económico, educativo y organizacional. Por ello Venezuela sigue siendo un país pobre. El poder es como el colesterol: hay bueno y malo, es bueno el poder-capacidad y hay que incrementarlo, y malo el poder-dominación que oprime y hay que reducirlo. La aceptación de este hecho debiera ser la base primera de un acuerdo nacional, junto con el consenso para crear poder-capacidad donde más falta, es decir en las mayorías pobres. Probablemente, para ciertos sectores de la oposición “poder popular” sea mala palabra y brinquen con sobresalto de resistencias irreflexivas. Por el lado de los “revolucionarios”, a pesar de los elocuentes fracasos históricos, algunos se contentan con un “poder popular” concentrado fuera de sí en un caudillo-ejército-partido con dictadura y poder-dominación, para imponerse sobre el “poder burgués”.

El poder tiene que ser (y así es en países exitosos y sociedades equilibradas) cada vez menos dominación de un sector social sobre otro y más la capacidad de logros, producto del reconocimiento mutuo de los diversos sectores sociales y de las alianzas para juntos formar el poder-capacidad del que carecemos. El incremento de esta habilidad ocurre cuando disminuye la lucha por la dominación y destrucción del otro, se reconocen mutuamente como imprescindibles y se producen acuerdos para generar más poder e instituciones para hacerlo. Hoy en Venezuela el poder-capacidad de responder a las necesidades fundamentales es escaso en el empresariado, en la población más pobre y en el Gobierno. En la mitad más pobre de la población el “poder popular” es muy débil, por su precariedad educativa y política y su escasa capacidad de inversión, de emprendimiento y de profesionalidad. A pesar del petróleo, Venezuela en conjunto es bastante pobre en un cuadro comparativo mundial. La llamada burguesía venezolana, su condición empresarial, su capacidad de producir, invertir, abastecer y exportar, es débil internamente e insignificante mundialmente.

El acuerdo nacional primero ha de ser la alianza para crear e incrementar el poder popular con comunidades organizadas (no importa si se llaman comunas o asociaciones de vecinos), no domesticadas por recursos estatales improductivos. Abochorna ver a “revolucionarios”, que parecían sinceros, cometer la torpeza de sustituir con dádivas oficiales, paralizar y prostituir la real y potencial productividad propia de estos sectores; es decir, debilitar el poder popular. La participación comunal-vecinal, la educativa, la obrera en la empresa son muy necesarias y estratégicas; pero si se entienden como fuerza para destruir el poder burgués, terminan desmoronando la fábrica, la hacienda, la escuela y la comuna, como necesarias unidades básicas de una república participativa y productiva. En el pasado hubo experiencias productivas parcialmente exitosas y las hay en el presente, pero se bloquean y paralizan por falta de visión productiva y de pactos con otros sectores sociales y capacidades profesionales que los complementan. La “revolución” se estanca en riqueza de palabras y pobreza de vida, si no genera verdadero poder popular, autónomo y creativo.

Todo rescate de la democracia social se bloquea si no hay en la actual oposición democrática un fuerte predominio de quienes tienen visión y voluntad para la creación del poder popular. Buen tema para el diálogo y el avance educativo-productivo.