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“Estas corrientes actuales más vivas del Derecho, post-Luhmann, hablan incluso de constitución sin Estado. También lo posmoderno en toda la fase de aleatoriedad y de matiz está terminando. Entramos en una nueva época en que lo contemporáneo vuelve a mostrar su solidez”.

Toni Negri

Recuerdo aquellos días en los que el presidente Chávez cargaba el libro de Negri para todos lados. No es para menos: se trata de un planteamiento muy contundente sobre la idea de revolución como disolución del poder constituido y lo constituyente como dialéctica permanente del cambio. Allí comienzan los rollos: ¿cuándo cambian las realidades políticas? ¿Cómo “medimos” las transformaciones que están ocurriendo? Sin apropiadas caracterizaciones no podemos saber dónde estamos, hacia dónde vamos. Eso no tiene nada que ver con propaganda, denominaciones vacías (como “socialismo”) ni con los caprichos discursivos de este o aquel dirigente.

Este debate viene de lejos. El marxismo crítico (Trotsky mediante) ya había planteado la idea de “revolución permanente”. Dimos mucha guerra con este planteamiento, sobre todo en el MIR durante décadas. El tiempo transcurrido y la experiencia acumulada en el siglo XX nos ha permitido dar la pelea contra el conservadurismo, contra la derechización de la izquierda, contra la claudicación frente a cambios fundamentales. Es la misma idea de Negri sobre lo constituyente (en otra época). Vale la pena retener a qué se enfrenta el poder constituyente: se enfrenta a todo lo constituido, es decir, a las prácticas y discursos que se institucionalizan, que se burocratizan, generando intereses y mentalidades muy conservadoras. Es algo muy normal. Todo tiende a reproducirse, lo que predomina es la lógica de la conservación, de repetición de lo mismo. Se produce un cambio de cualquier tipo e inmediatamente comienza la reproducción de lo dado hasta anular el sentido y contenido de cualquier transformación.

La complejidad de estos procesos es que no hay forma de evitar la construcción de positividades; el cambio de una organización no consiste sólo en destruir, modificar o suplantar un modo de hacer (y de pensar). Forzoso es pasar por la prueba de la viabilidad, de la gobernanza, de tránsitos y mediaciones que obligan a la construcción de híbridos: en parte según una determinada correlación de fuerzas, en parte también según una concepción y sensibilidad que empujan o no procesos de cambios radicales.

El poder constituyente es un polo de activación de prácticas y discursos que convive con la necesidad de gobernanza. En algún momento estas relaciones se tornan contradictorias porque no se trata de repartos burocráticos o de cálculos instrumentales. El entramado entre las formas de Estado, las funciones de gobierno y las formas del poder popular se tornan especialmente problemáticas porque no hay funcionalidad previsible en cada país o en cada región entre estos factores ni tampoco es obvio que el poder constituyente guarde funcionalidad con lo constituido.

Podríamos postular que lo constituido y lo constituyente se suponen mutuamente. Hablamos de fenómenos contiguos que a veces son funcionales y otras veces contradictorios. Es perfectamente legítimo preocuparse por la gobernanza, por resolver problemas de la gestión pública, haciéndolo bien y de otra manera. Lo que deberá estar claro es que los procesos constituyentes no están amarrados a la institucionalidad establecida; es justamente al revés: empujar procesos constituyentes significa atreverse a desmontar modos de hacer las cosas, mentalidades, prácticas y discursos que sólo reproducen.

No hay un solo poder constituyente; lo que cuenta en verdad es el proceso constituyente en sí mismo, que se asocie a la idea de poder, a la revolución permanente, a la tensión entre lo que se reproduce y lo que de verdad cambia. Subsisten muchas confusiones sobre esta idea-fuerza, por ello es tan importante combatir su trivialización, recolocar la agenda que está subyacente.

La articulación de estas ideas con el debate comunitario genera una potencia teórico-política que debe alimentar la discusión sobre la agenda de la revolución.