• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

Pocas brujas y muchas escobas

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Las elegantes urbanizaciones de Caracas situadas al pie o en las cercanías del Ávila, en el este de la ciudad, coexisten con comunidades “de escasos recursos” instaladas hace años en las vertientes de la montaña o formadas allí por pisatarios de las antiguas haciendas. En la fachada de uno de estos enclaves, el transeúnte puede leer algunas palabras que manifiestan enojo político y ánimos de venganza: ¡Sapos! ¡Traidores! ¡Mafiosos! ¡Bruja!  

¡No queda claro a quién va dirigido el odio implícito en ellas! Podría ser contra el régimen militar, pero no pareciera, porque desde su despótica arrogancia el gobierno sigue sosteniendo que las misiones bolivarianas solo generan simpatías populistas y fanática devoción a aquel extinto pero cínico y activo Comandante Supremo, que alguna vez sostuvo que ser pobre era cosa buena y que La Casona le resultaba demasiado grande para su humanitaria humildad. Es más: en una de sus disparatadas “ocurrencias” quiso convertir el Palacio de Miraflores en sede de alguna ridícula universidad popular mientras vislumbraba el trueque como glorificante opción económica. Se me hace difícil olvidar la “Ruta de la Empanada” y aquellos ventajosos gallineros verticales que ofrecía como sanas perspectivas de progreso económico. Tampoco creo que el grafito al que me refiero tenga que ver con los jueces, militares y legisladores excesivamente respetuosos del Poder Ejecutivo.

¡Sapos! ¡Traidores! ¡Mafiosos! ¡Bruja!

No creo que tan brutales palabras estén dirigidas a los venezolanos opositores al régimen dictatorial, y mucho menos a las numerosas instituciones que siguen denunciando las violaciones de nuestra Constitución y de los derechos humanos, y condenando la violencia y otros abusos que se perpetran desde el propio gobierno voraz y autoritario. Pero, ¿quién sabe? Pudo haber sido una anónima mano chavista la que escribiera esas palabras de encapuchado rencor. O que las mismas aludan a los honorables mandatarios que recibían o siguen recibiendo chorros de petróleo y masas de dinero para recompensar apoyos políticos y adhesiones de conciencias. No deja de ser curioso, en cambio, que el grafito se refiera solo a una bruja.

¿Una? ¿Una sola? Son muchas las que vuelan en las alturas del poder. Algunos conocidos míos han descubierto con crispada perturbación que, escondidas debajo de sus camas, hay escobas voladoras que ¡dejarían pasmado a Harry Potter en los juegos de Quidditch! Hay, por otra parte, brujas que dejan las escobas y se transforman en mapanares de vientre amarillo. ¡Pero nadie puede creer que exista una sola! Sé de dos reyes simultáneos; de la misma manera que también hay dos papas e, incluso, dos dictadores: uno, que presumimos “muerto” y otro que vive, ¡pero que no ha nacido porque carece de partida de nacimiento! Las guacamayas andan en pareja y, a diferencia de Juan Carlos, son monógamas. El rey acaba de abdicar, ¡pero sigue siendo rey! Su reino cuenta ahora con dos reyes intocables, pero también con dos reinas, como en las barajas, lo que hace recordar el viejo refrán: “¡Si odias el caldo, dos tazas!”.

Me preocupa que el grafito al que hago referencia, además de sembrar venenosas sospechas de que nuestras culebras ocultan escobas debajo del lecho conyugal, esté metiendo en el mismo saco de odios a los que oprimen y a los oprimidos; a los bolivarianos con barbas en remojo y a los presos políticos que no tardarán en triunfar sobre la injusticia. De lo que sí estoy seguro es de que al reducir el número de las brujas el autor del grafito estaba pensando en una que vive cantando tangos en una casa rosada o en la que, al separarse de una prominente institución del Estado venezolano, se abrazó a una escoba inútil, pero principal, creyendo que así volaría más alto.