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César Pérez Vivas

Pluralismo y aceptabilidad democrática

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La democracia no solo es un sistema de gobierno. Es un sistema de vida orientado por un conjunto de valores que se proyectan en el quehacer de cada persona, siendo en la vida social y política donde estos toman mayor relevancia.

Si los valores que definen la democracia no se ponen de manifiesto en los actores políticos, se produce una distorsión de tal magnitud que puede terminar por liquidar las instituciones conductoras de la vida colectiva y abrir paso a las diversas formas de autoritarismo que ha conocido la humanidad.

Un principio cardinal de la vida democrática es el de la aceptabilidad. No es posible la democracia si las personas y las organizaciones humanas no aceptan la existencia de otras personas e instituciones con visiones diferentes de la suya, con propuestas y proyectos alternativos.

La aceptabilidad democrática es una consecuencia del pluralismo. Para quienes asumimos la política inspirada en la cosmovisión humanista cristiana, el pluralismo constituye un principio transversal de la vida social. Pluralismo social, pluralismo ideológico y político.

Partimos de la convicción de que cada persona es un ser especial, especialísimo, diferente de otra, portadora de una dignidad trascendente y, por lo tanto, digna de respeto. Cada persona puede comprender y apreciar una realidad de manera distinta y soñar de diversas formas. Por tal razón, al integrarse socialmente, esas personas tienen plena libertad para constituir y participar en diferentes organizaciones de naturaleza cultural, religiosa, espiritual, deportiva, social, política o económica; y en tal circunstancia corresponde a las demás personas y organizaciones respetar esa diversidad. Es lo que conocemos como el pluralismo social.

La diversidad de organizaciones sociales que el ser humano puede constituir es resultado igualmente de la variedad de ideas, opiniones y culturas que la humanidad ha forjado. La infinita creatividad del ser humano ha permitido enriquecer a lo largo de la historia el acervo cultural de la civilización, y ha dado lugar al pluralismo ideológico.

En el ejercicio del pluralismo ideológico las personas tienen el derecho a la libre búsqueda de la verdad, a difundir con transparencia sus ideas, a respetar las opiniones ajenas y a promover el diálogo para construir, a partir de esa diversidad, los consensos mínimos que garanticen la pacífica coexistencia de las personas.

Entender ese pluralismo debe llevar a toda persona a aceptar a los demás que conviven en un determinado espacio territorial o social. A aceptar el derecho que les asiste de tener una idea, una religión, una ideología, una cosmovisión diferente. La aceptabilidad alcanza muy especialmente a la vida política. Dicho principio debe llevar a quien se considere demócrata a aceptar ideas, partidos y organizaciones de la sociedad civil diferentes de los suyos, pero muy especialmente se le es exigido a quienes conducen el Estado. Ellos están aún más obligados a aceptar esa diversidad.

Uno de los dramas que ha intoxicado el clima de convivencia democrática de la sociedad venezolana ha sido, precisamente, desconocer el pluralismo, y en consecuencia lanzar al cesto de la basura todo principio de aceptabilidad.

Desde la cúpula del Estado, el difunto expresidente Chávez, y con él su entorno político, impulsaron hasta más no poder el desconocimiento del resto de la sociedad venezolana que no participamos de su proyecto político.

A tal efecto han dedicado más de una década de accionar político y del quehacer institucional a impulsar un paralelismo social e institucional para hegemonizar la sociedad, hasta el punto de apuntalar un paralelismo que ha llegado a niveles exorbitantes, aun en abierta contradicción con principios y normas expresas de la misma Constitución vigente.