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Tulio Hernández

Planeta fútbol

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Tal vez sea por lo fácil de entender. Cualquiera, sin entrenamiento previo, capta de inmediato que el objetivo es meter el balón en el arco del equipo contrario. Así de simple. No hay figuras complejas como el strike, esa abstracción que ocurre cuando la pelota atraviesa por un rectángulo imaginario dibujado en el espacio.

O quizás, como decía el filósofo Juan Nuño, sea por el hecho de que el tiempo del juego es igual al de la calle. Los noventa minutos establecidos son exactamente los mismos que los de la vida real. Cuando el final se aproxima y los minutos se agotan ocurre como con la muerte. No hay manera de impedirlo.

No es como en otros deportes donde el tiempo no existe o se puede estirar o acortar a discreción. Como una banda elástica. En el beisbol nadie mira el reloj. El tiempo lo marca el pitcher. Pone el pie en el box y comienza. Lo retira y se paraliza.

También se le puede atribuir al hecho de que ningún otro deporte escenifica mejor aquello de la sublimación de la guerra. Cada equipo tiene su territorio. El otro lo va a invadir. Si le mete el balón en el arco ocurre algo así como un misil que da en el blanco. Una suerte de vejación. No hay nada más parecido al fusilamiento que un penalti. Y el campo de batalla es inmenso, como un país.

Por lo pequeñas, no se puede escenificar la guerra en una cancha de básquet o de voleibol. Menos en el beisbol o en el golf donde los competidores, como en la democracia, se alternan en el uso del mismo terreno. No hay conquista. Los goles se hacen penetrando el terreno del contrario, las carreras en cambio son una especie de viaje épico sembrado de obstáculos que el bateador debe sortear para regresar triunfante a casa.

Es freudiano. Un gol es siempre una penetración. Generalmente dramática. El arquero suele quedar tirado en el piso, humillado, y cada gol se celebra con efusión. El penetrador salta, corre, grita, se retuerce, incluso llora, como en un orgasmo compartido con el resto del equipo y con lo que ahora se ha dado en llamar el jugador numero doce, los hinchas.

No importa cuáles sean las razones que lo explican, hoy todos sabemos que el fútbol se ha convertido en el gran deporte planetario y los futbolistas destacados, en los nuevos ídolos de la sociedad global. Los fanáticos más extremos lo resumen así: “Hay dos tipos de deportes, el fútbol y los demás”. Y no les falta razón. Con mayor o menor presencia en algunos lugares claves del planeta, como Estados Unidos y China, el fútbol se ha convertido en el deporte capaz de convocar el mayor número de personas en torno a una competencia entre equipos que representan con emoción profunda al Estado-nación. Algo que ni siquiera los juegos olímpicos pueden lograr.

Hoy domingo por la tarde, cuando este artículo tendrá horas de haber sido publicado, millones de ciudadanos de todos los continentes, como en una ceremonia religiosa globalizada, estarán reunidos frente a millones de pantallas de televisión esperando el encuentro entre América y Europa, Argentina y Alemania.

Y mañana, millares de textos circularán en la prensa y las redes sociales, intentando explicar otro episodio más de un fenómeno que se ha vuelto teológico. Uno de sus sacerdotes, Juan Villoro, ha escrito que Dios es redondo. Maradona acuñó aquello de “la mano de Dios” y en Argentina algunos lo tratan como tal. Los capos colombianos del narcotráfico, en la búsqueda de la beatificación, se hicieron de equipos de fútbol. El de Pablo Escobar, el Atlético Nacional de Medellín, en 1989, conquistó por primera vez para un club colombiano la Copa Libertadores de América. Un juego de las eliminatorias para el Mundial de México, en 1970, fue el detonante de una guerra entre El Salvador y Honduras. En Brasil salieron días atrás a quemar autobuses y saquear tiendas solo porque su equipo nacional fue humillado por los siete goles del equipo alemán.

Es el fútbol, esa próspera maquinaria de fabricación de dioses terrenales, que se mueve –como casi toda aventura humana– entre el esplendor y la miseria.