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Beatriz de Majo

Pisarle los cayos al vecino

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Tardó Colombia en reaccionar frente al gesto del gobierno revolucionario en el que, de un plumazo, se fijaron las fronteras marítimas con el vecino país, al trazar una línea dentro de la zona reclamada por Colombia, sobre la cual habrá jurisdicción la Zodimain (Zona de Defensa Marítima e Insular Occidental). La nota de protesta no pudo ser ni  más elegante ni más firme: Colombia no acepta decisiones unilaterales en zonas que están en conflicto. Y acto seguido pidió que se corrigieran las coordenadas.

Es un simplismo pretender que el actual ministro de la Defensa venezolano tomó tal determinación para ayudar al presidente y al gobierno a distraer la atención de los venezolanos de los grandes dramas nacionales. Tal manera de actuar puede ser un subterfugio útil para tratar de temperar la crisis económica individual que enfrentamos en este lado del Arauca, pero el tema es el equivocado.

Asuntos que involucran un posicionamiento militar de la contraparte en temas que atañen a su soberanía pueden llegar a ser altamente inconvenientes y, mucho más aún, cuando son las dos fronteras –también la guyanesa– las envueltas en este episodio.

Más bien, los uniformados le estarían abriendo al presidente Maduro un nuevo frente de conflicto en el momento en que más necesita sus fronteras en paz.
Y por el contrario, a quien sí le conviene una agresión externa en los actuales momentos es a Juan Manuel Santos, quien tiene altamente empastelado el proceso de la negociación de la paz, razón por la que una agresión externa del calibre de la venezolana puede ser muy sabiamente explotada por los expertos de la comunicación en favor de la deteriorada imagen presidencial de Juan Manuel Santos.

Ocurre, simplemente que los militares ni manejan las variables diplomáticas, ni el gobierno tampoco, pero peor que todo es que en este baile el cantante va por un lado y la orquesta va por otro diferente. Sin duda que a quienes dirigen los asuntos militares no se les escapa la existencia de un largo y tortuoso diferendo en nuestra frontera con Colombia dormido por conveniencia mutua desde el inicio de ambas repúblicas. A la hora de hacer sonar el tacón de su bota deberían pensar más de una vez a quién beneficia políticamente una posición a todas luces estridente como la de decretar vigilancia militar en una zona que, por estar en conflicto, su propiedad no está definida.

La hora tampoco es para que en el foro continental la agresividad venezolana  se ponga de bulto. Otros desaciertos diplomáticos nuestros han provocado urticaria en los países de la zona. Mal momento para atizar ese fuego. 

Tardó Colombia en reaccionar frente al gesto del gobierno revolucionario en el que, de un plumazo, se fijaron las fronteras marítimas con el vecino país, al trazar una línea dentro de la zona reclamada por Colombia, sobre la cual habrá jurisdicción la Zodimain (Zona de Defensa Marítima e Insular Occidental). La nota de protesta no pudo ser ni  más elegante ni más firme: Colombia no acepta decisiones unilaterales en zonas que están en conflicto. Y acto seguido pidió que se corrigieran las coordenadas.

Es un simplismo pretender que el actual ministro de la Defensa venezolano tomó tal determinación para ayudar al presidente y al gobierno a distraer la atención de los venezolanos de los grandes dramas nacionales. Tal manera de actuar puede ser un subterfugio útil para tratar de temperar la crisis económica individual que enfrentamos en este lado del Arauca, pero el tema es el equivocado.

Asuntos que involucran un posicionamiento militar de la contraparte en temas que atañen a su soberanía pueden llegar a ser altamente inconvenientes y, mucho más aún, cuando son las dos fronteras –también la guyanesa– las envueltas en este episodio.

Más bien, los uniformados le estarían abriendo al presidente Maduro un nuevo frente de conflicto en el momento en que más necesita sus fronteras en paz.
Y por el contrario, a quien sí le conviene una agresión externa en los actuales momentos es a Juan Manuel Santos, quien tiene altamente empastelado el proceso de la negociación de la paz, razón por la que una agresión externa del calibre de la venezolana puede ser muy sabiamente explotada por los expertos de la comunicación en favor de la deteriorada imagen presidencial de Juan Manuel Santos.

Ocurre, simplemente que los militares ni manejan las variables diplomáticas, ni el gobierno tampoco, pero peor que todo es que en este baile el cantante va por un lado y la orquesta va por otro diferente. Sin duda que a quienes dirigen los asuntos militares no se les escapa la existencia de un largo y tortuoso diferendo en nuestra frontera con Colombia dormido por conveniencia mutua desde el inicio de ambas repúblicas. A la hora de hacer sonar el tacón de su bota deberían pensar más de una vez a quién beneficia políticamente una posición a todas luces estridente como la de decretar vigilancia militar en una zona que, por estar en conflicto, su propiedad no está definida.

La hora tampoco es para que en el foro continental la agresividad venezolana  se ponga de bulto. Otros desaciertos diplomáticos nuestros han provocado urticaria en los países de la zona. Mal momento para atizar ese fuego.