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Leopoldo Tablante

Pintados de cuerpo entero

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Impresión corriente entre mujeres espectadoras: «Cuando en una película hay gente desnuda, muestran a mis compañeras de cuerpo entero; a los hombres apenas se les ve la penumbra».

El punto tiene sus matices. Las tradiciones artísticas de representación del cuerpo han naturalizado hasta cierto punto las apariencias del dimorfismo sexual humano. Tal vez heredero de ese acervo humanístico desde al menos el clasicismo griego, el cine europeo ha tenido menos reparos en incluir escenas de intimidad donde lo obvio se ejercita y salta a la vista. Después de todo, el nudismo es una práctica social que congrega a amplias comunidades y que, en los años sesenta, simbolizaba cierto espíritu revolucionario. ¿No se hizo viral el año pasado la foto que mostraba los encantos de una presunta Angela Merkel caminando sobre el muelle de una playa? Sin embargo, incluso en las películas europeas la entrepierna masculina –un poco más clara que en las americanas– es fugaz y difusa. Y, francamente, de la virilidad del David de Miguel Ángel los genitales son lo de menos.

Las ubicuas películas estadounidenses son escrupulosas en erigir el mito femenino como un coloso de cuerpo entero producido y provisto de resaltadores naturales. El resto suele extraviarse en la niebla de la censura puritana. Las mujeres se presentan como esculturas de trayectorias cóncavas y convexas provistas de una metáfora llamada monte de Venus. De los hombres se recuperan la actitud asertiva del heroísmo y el tipo atlético –abdomen cuadriculado, torso triangular…–, pero la evidencia última es casi imposible. Un lugar común pretende que el pene no es un órgano estético ni digno de ser exhibido, aunque el fotógrafo Robert Mapplethorpe –a quien por estos días se le dedica una retrospectiva en el Gran Palais de París– haya invertido lo más tangible de su arte para convencernos de todo lo contrario.

Usted se preguntará a qué vienen estas consideraciones culturosas con tono de suplemento dominical. Mis frivolidades se originaron de la reacción por Twitter de la poetisa Jacqueline Goldberg ante las fotografías desnudos de los hombres que se sumaron a la campañas #desnudosConLaUCV y #DesnudosporVenezuela. A juicio de la escritora, los hombres se hicieron fotografiar a menudo cuidando de salir en su mejor ángulo. Es decir, mientras las mujeres se presentaron con la naturalidad y la dignidad de lo que objetivamente poseen, los hombres se discriminaron primero para luego someterse a ediciones concienzudas. La consigna de hoy parece ser: «Metrosexuales del mundo, ¡uníos!».

La motivación principal de la protesta no tuvo nada de frívolo: la orden de desnudarse ladrada por funcionarios de la GNB y por miembros de los colectivos a un joven manifestante de la UCV. La humillación fue precedida por otras más veniales que obligaron a otros manifestantes a coger el Metro dentro de la brevedad de sus calzoncillos. Ninguna novedad real para nadie. Además, nunca como ahora andar en pelotas estuvo tan bien visto.

En todo caso, buena parte de los varones que optaron por desnudarse prefirieron, a diferencia de sus compañeras de causa, seguir las claves de un sexismo cosmético y ceder a la cámara desde su mejor perspectiva. Deben haber tomado el camino de la masculinidad ideal y, en lugar de recurrir al cuerpo como vehículo de protesta, han recurrido a la protesta como incitación al exhibicionismo. Para Goldberg este comportamiento representa un paréntesis en una lucha que encontró en las mujeres mayor claridad de objetivos. ¿Se familiarizan y se halagan los hombres con la idea de que sus cuerpos sean objeto de exposición? Y en el caso de las mujeres, ¿aprovechan ellas la ocasión para, desprovistas de ropa, distanciarse del mismo discurso sexista? Dicen que lo que es igual no es trampa, pero el reflejo de encuerarse revela hoy en Venezuela dos puntos divergentes: mientras unos parecen reconfortarse en sus satisfacciones, las otras prefieren hacer política con las gracias y los límites que Dios padre dio y también estereotipó.