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Beatriz de Majo

Pifia presidencial en Colombia

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Hagamos unos segundos de historia y recordemos cómo le tocó al hoy presidente, Juan Manuel Santos, dirigir años atrás las operaciones militares que culminaron con la desactivación de líderes guerrilleros de alto rango. Así fue en 2008, cuando fue dado de baja Raúl Reyes en Ecuador, y en 2010, cuando falleció el Mono Jojoy en la operación Sodoma, emprendida por los militares y policías colombianos. Santos fungía como ministro de la Defensa en el primer caso y como presidente en el segundo. Tales decisiones pueden haber sido en extremo complejas, pero era lo que correspondía hacer y no le tembló la mano para decidir el destino final de estos asesinos. También le correspondió al actual presidente la gruesa decisión de dar su acuerdo, en 2011, para la acción militar Odiseo, consistente en la localización y bombardeo del asentamiento guerrillero comandado por el máximo líder de las FARC, Alfonso Cano. También allí las fuerzas militares y del orden se anotaron el triunfo con la muerte del cabecilla guerrillero.

Por lo anterior, y por conocer a su presidente por la fortaleza de su temple en estos terrenos, es que Colombia no termina de digerir las declaraciones de Juan Manuel Santos cuando ha dudado públicamente ante lo que correspondería hacer a quien dirige las Fuerzas Armadas del país –él– si estuviera frente a la decisión militar de resolver sobre la suerte de Timochenko, hoy máximo comandante de la guerrilla FARC.

Más incongruente aún es que la actitud dubitativa del mandatario se produzca sin que haya sido pactada una tregua entre gobierno e insurgencia y al tiempo que los desalmados ataques guerrilleros a las fuerzas del orden siguen indetenidamente cobrando vidas inocentes y reclutando infantes a lo largo de la geografía del país vecino.

Lo único que ha cambiado del año 2011 a esta parte es que el presidente se las ha jugado todas en la consecución de la desmovilización guerrillera a través de un acuerdo bilateral de pacificación. El país está expectante ante la posibilidad de la paz prometida, pero de la misma forma el proyecto que se adelanta en La Habana le está resultando más costoso al presidente de lo que nunca pudo imaginar. Buena parte de la pérdida de su popularidad viene de la creencia cada vez más arraigada entre el electorado de que tales tratativas no están conduciendo a un esquema que sea a la vez justo y reparador, y de la sospecha de que los negociadores oficiales han estado flaqueando ante la irreductibilidad guerrillera.

Peor que eso. La hipótesis de que entre el gobierno colombiano y las FARC habría acuerdos ocultos sobre temas que se transarían fuera de la mesa de negociación ha comenzado a tomar cuerpo. Los colombianos irán a las urnas cuando aún el presidente tiene su mejor y más caro proyecto a medio andar y cuando, además, este sentimiento de estar siendo engañados por los propios negociadores ha hallado un asidero en el ánimo de los votantes.

No pudo ser más infeliz el público traspié del presidente frente al castigo de que se han hecho acreedores Timochenko y los terroristas que han teñido de sangre su país por 50 años. No parece ser este el mismo hombre que al exhibir importantes logros militares ganó en justa y plausible lid la máxima magistratura de Colombia.