• Caracas (Venezuela)

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Lorena González

Perspectivas de un lugar posible

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Hace varios días en el diario El Universal, la periodista Jessica Morón dibujó un pequeño panorama sobre la situación del mercado del arte en el país. En su trabajo proyectó zonas inquietantes sobre lo que este contexto plantea para el arte en la confusa situación de la economía venezolana: tres tipos de control cambiario, imposibilidad en la adquisición de divisas, obstrucciones para el ingreso de obras, penalizaciones de salida, ausencia de intercambios y costos descomunales en el caso de encontrar, con mucha suerte, algún boleto aéreo.

Para el ciudadano común, sometido a las fracturas constantes que tiene que sortear en el día a día de su sobrevivencia (ausencia de productos, racionamiento de servicios, colas, inestabilidad, trampas de mercado y precios excesivos), esta zona resquebrajada de nuestra producción actual pasa inadvertida. Sin embargo, una historiografía vacua, perdida en un mercado imposible de palpar, junto a los presentes transitivos de una obra que plena simbologías ajenas, va a revelar en un período no muy lejano esa franja oscura de nuestra historia: quince años de colecciones detenidas, de abandonos, de recorridos fugaces.

En otros tiempos querido lector, usted podía ver una muestra colectiva o individual en cualquier museo. También podía tener en sus manos un catálogo, leer la propuesta y deducir por qué esos creadores estaban trazando lecturas en el espacio museográfico. Así, entendería sus recorridos y podría determinar la pieza de su preferencia. La galería en aquel entonces era el espacio donde encontraría alguna de estas referencias y podría adquirirla; la legitimación le correspondía al museo, quien siempre atesoraba en sus colecciones y en sus líneas de investigación lo mejor de la producción nacional, alimentando con compromiso y fe nuestro patrimonio.

Ahora el caos impera. Con mucho esfuerzo las instituciones privadas y organizaciones no oficiales han sostenido los distintos ámbitos de la producción nacional en todos sus órdenes y premisas generacionales. No obstante, la galería es un ente productor por naturaleza y el destino de esa producción es la colección de otro, conservando en sus archivos, documentos y publicaciones (cuando puede hacerlas) la memoria virtual de una gestión. De este modo, todo nuestro siglo XXI habita en repertorios foráneos, privativos, ajenos o propios; pero en definitiva desarticulados de una columna vertebral que pueda dar testimonio de lo que ha sucedido en estos años.

Luego de la descomunal parálisis de los primeros meses de 2014, las tres fases del control cambiario han introducido una disparidad ambigua en los precios de mercado, nueva zona de desequilibrio que compromete la situación de la venta y la ubicación real del valor para artistas, productores y demandantes. No obstante, los esfuerzos continúan en espacios que renuevan sus perfiles y amplían las resonancias del arte venezolano y latinoamericano (Beatriz Gil Galería, Espacio Monitor), en lugares que desarrollan sus estructuras y consolidan la producción reciente (Oficina #1), junto a los que recuperan los pasos perdidos de nuestros creadores y continúan confrontándolos con el espectador (D’Museo, Sala TAC y Carmen Araujo Arte, entre otros). Una esperanza relativa se levanta sobre la confusión general: si podemos crecer también llegará el momento en que encontremos ese lugar perdido. Costará mucho, pero quizás el esfuerzo logre retornar a su lugar de origen las resonancias de una obra que revelará las verdaderas cadencias de ese dilatado silencio estatal.