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S:D:B Alejandro Moreno

Persona y relación

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Sergio Antillano abre un reciente artículo, no sé si en polémica con el mío anterior, afirmando que “el colectivo es un mosaico de individuos”, con lo que mutatis mutandis, coincide con el fondo de mis planteamientos. Lo interesante es que en un denodado esfuerzo por afirmar el individuo como única defensa contra cualquier modelo totalizante que “vuelve todo un colectivo monocolor sin matices ni pluralidad” para imponer la hegemonía de cualquier totalitarismo, no encuentra otra vía conceptual sino oponer individuo a masa, como si la masa no fuera precisamente una agrupación de individuos. Por muy “diferentes unos de otros” que los pensemos, coinciden en el ser de su individualidad. El autor, así, parece confirmar lo ya dicho en mi referido artículo, esto es, que en la actual cultura de la modernidad no es posible pensar al hombre sino en la regla epistémica del individuo. Es en esta misma línea de pensamiento en la que hay que entender la muy significativa expresión: “la individualidad es lo que nos hace persona” en la que se identifica persona con individuo y así también entender el pretendido dilema del título: “¿Persona o masa?”. Señalo este trabajo porque refleja muy bien el pensamiento dominante en la cultura de la modernidad hoy.

Ante todo, la identificación persona-individuo falsea, a partir de la Ilustración sobre todo, la gran tradición filosófica en la que ambos conceptos se distinguen claramente.

El concepto de persona, reelaborado a partir de su origen en el teatro griego, e introducido en la filosofía por el cristianismo, tiene su razón de ser precisamente en su radical distinción del concepto individuo. No existían en el mundo greco romano ni un término ni una idea que sirvieran para expresar sin lugar a confusiones la esencia del Dios cristiano, la Trinidad. Tertuliano, finalmente encuentra la fórmula. “una sustancia, tres personas”. Si las tres personas fueran tres individuos, serían tres dioses y no un solo Dios. San Agustín definirá esas personas trinitarias como “relaciones subsistentes”, esto es, con existencia propia. No individuos. La relación, en la tradición aristotélica, no era una “subsistencia” sino un accidente, algo que no podía existir por sí mismo sino como variación de otro.

Relación no es individuo, pero tampoco su contrario sino otra cosa que individuo. La persona es, pues, concebible sólo como relación: lo demás es falsear el concepto, por muy común que ello sea. Así, el supuesto dilema se convierte por lo menos en trilema: persona o masa o relación, y se resuelve por su tercer término. Es propio de la razón moderna, hoy bajo la crítica postmoderna, el pensamiento dicotómico. No es el único posible ni el que permite la más amplia libertad al conocimiento.

La persona concebida como relación es comunicación, apertura, transcendencia, aceptación de la otredad del otro y de su distinción, descentración de sí hacia el otro. No cabe, entonces, el concepto de masa, pues cada persona sólo es pensable como singularidad y por ende originalidad. Nada que ver con el individuo que es precisamente concentración en sí, en su interioridad y autopresencia. Si individuo es el nervio de la sociedad y cultura burguesas, de las que el socialismo no es sino una variedad, la persona-relación es la manera adecuada de concebir al hombre en cuanto ser-de-comunidad y por lo mismo la comunidad como una trama de relaciones. Nada impide pensar toda una nación, etnia, pueblo o incluso Estado, como trama relacional de comunidades o comunidad de comunidades. Para eso es necesario un pensamiento otro a la modernidad burguesa, desde otro lugar y desde el lugar del otro, heterotópico.