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Ramón Hernández

Periodismo enlatado

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Cuando los trenes atravesaban la Unión Soviética para llevar a cientos de miles de rusos a los campos de concentración en Siberia, inventados por Lenin y perfeccionados por Stalin, ninguno de los que los veían pasar sabía que era gente y no ganado lo que llevaban ahí. Lo mismo pasó en Alemania con la solución final. Una parte de la población con mucho poder y nada de humanidad controlaba la información. Determinaba qué asuntos no debían ser conocidos por la opinión pública y con qué temas entretener a las masas: verbenas, escándalos insustanciales y mucho circo.

A nadie le gusta más una revolución que a un periodista, a un comunicador. La alegría que iluminaba los rostros de la mayoría de los compañeros en la redacción en 1998 no era fingida. Estaban convencidos de que se acabarían las penurias e injusticias sobre las que escribían a diario. La desilusión no tardó en llegar. Unos pocos más pragmáticos encontraron la oportunidad para dar el gran salto. Aunque su compromiso existencial nunca fue más allá de emborronar cuartillas para burlarse de la suegra o para hacer retruécanos inofensivos y pocos graciosos, ahora aparecen como grandes expertos en teoría revolucionaria. Se dicen acérrimos defensores del pueblo, pero solo les interesa los privilegios que han acumulado para su propio y particular disfrute.

A medida que lo que llamaban “el proceso” fue mostrando sus costuras, fueron constriñendo la libertad de expresión. Sacaron a los periodistas incómodos de los horarios estelares, cerraron estaciones de radio y como la gran guinda fue expropiada Radio Caracas Televisión. La población salió a protestar, pero pronto quedó adormecida por el estrés diario y la verborrea. El plan oficial de dominar la información contradice los fundamentos constitucionales, pero avanza cada día. El asedio a la libertad de expresión es constante y permanente. Antiguos reporteros que antes la defendían, ahora empuñan el lápiz rojo que tanto le criticaron a Vitelio Reyes, y con más saña. Encontraron su precio.

La prensa libre habría evitado muchos de los fusilamientos reales o virtuales que acabaron con tantos talentosos cubanos; también las humaceras del holocausto y las hambrunas y matanzas que sufrieron Ucrania, China, Camboya y Corea del Norte. No es exageración. Es la única manera de contener los demonios de los que no les tiembla el pulso para matar al prójimo. Sin periódicos no hay patria ni nada que comprar, no se rinda.

@ramonhernandezg