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Ildemaro Torres

¿Percibe semejanzas?

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Robert J. O’Neill fue el primer oficial activo del Ejército de Australia en ingresar a la Universidad de Oxford y trabajar en ella, para su tesis de Ph.D., el tema de cómo Hitler logró tan marcada ascendencia sobre el Ejército Alemán y sus comandos, que en otras generaciones habían sido el elemento más seguro y fuerte en el Estado; de cómo se vincularon el Partido Nazi y el Ejército Alemán y la penetración de éste por aquel. El libro The German Army and the Nazi Party 1933-39 (Londres, 1966), recoge parte sustancial de dicha tesis.

A través de acuciosa investigación, entrevistas personales y una vasta documentación, O’Neill se planteó responder preguntas como ¿hasta dónde podía ser culpado el Ejército Imperial Alemán del ascenso de Hitler al poder?, ¿era condenable por complicidad en la cruel “Noche de los cuchillos largos”?, ¿cómo pudo tolerar ser lanzado a una guerra que era una obvia catástrofe estratégica? Y llegó a explicar cómo los altos oficiales se convirtieron en subalternos de Hitler pasando de obstáculo a simples herramientas de sus propósitos; develó el misterio de cómo un antiguo cabo de Bohemia junto con los indignos jefes del partido fue capaz de influenciar ese Ejército altamente profesional y no político, y cómo sin trabas de ningún Código de Honor lo intervino en lo doctrinario y lo transformó en una mítica maquinaria de guerra.

Los generales primero vivieron el dilema entre sentirse estimulados por los planteamientos de Hitler que apuntaban a devolverle vigor y glorias a ese Ejército, y el horror sentido ante las atrocidades que cometía la S.A. o ejército privado del Partido Nazi, en la represión a los opositores. Unos cuantos de esos generales se plegaron a Hitler identificados con él en el delirio, y por el terror que les producían la S.A. y la S.S. y aceptaron los campos de concentración y el genocidio. Años atrás al leerlo surgía esta duda: y si así fue con aquel formidable aparato de tan sólida tradición de disciplina y verticalidad de mandos, ¿cómo habría de ser en un país tercermundista, con desmedro del reconocimiento de pulcras trayectorias y en pleno auge de una corrupción impune?

En Chile tuvimos a Pinochet, quien al asaltar el poder destituyó a todos los oficiales que sabía afectos a la Constitución, y nombró, ignorando méritos y antigüedades, su propio generalato; una corte de neogenerales adulantes, cómplices que admitieron conformes la creación de una policía política criminal y participar en un plan internacional de exterminio de los opositores al régimen.

Aquí se ha venido fomentando bajo este gobierno la corrupción militar, con entrega de grandes cantidades de dinero a ser administradas por ellos sin control alguno, con medidas económicas que los favorecen por sobre el estamento civil, y con los ascensos y designaciones en cargos claves, de compañeros de promoción o de aventuras golpistas de Chávez: lealtades ganadas mediante sobornos, sin importar el grado de perversión que ello implica. Hay también una orden presidencial de investigar y vigilar a oficiales superiores, junto con la formación y entrenamiento de grupos paramilitares armados, pagados con dinero público y sin descartar que terminen trazándole pautas a la FAN, cual brazo castrense del PSUV.

En esta Venezuela militarizada nos topamos con uniformados de gris trayectoria, que ahora hacen carrera al amparo del comandante y ufanos imparten órdenes a la par que apelan a un lenguaje amenazante. El parece tener planteada la desarticulación de la institución castrense, y ha pasado a retiro a altos oficiales de larga y distinguida carrera, restando así verdaderos líderes respetados por sus méritos y su apego a valores éticos.