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Ramón Hernández

Pequeños déspotas

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El ministro de información y propaganda no se ha desprendido de los manualitos que recibía de la agencia Novosti ni de las revistas en las que aparecían lindas jóvenes con esplendorosas sonrisas, que resultaron tan falsas como la justicia social soviética, la justa distribución de la riqueza y el paraíso de los obreros.

Habiendo sido educado dentro de las concepciones “ideológicas” de la hoz y del martillo, del kikiriquí del gallo rojo, es obvio que tenga esa placidez en el rostro, como si ningún niño se acostara sin cenar y sin esperanzas, que es todavía peor. Quizás aprendió a poner esa cara en China Construye.

Mientras el Koba, el verdadero, acababa con Ucrania, el granero de Europa, y mataba de hambre a más de 7 millones de personas y se reía de las informaciones de canibalismo que recibía en su dacha en Kuntsevo, los militantes de la utopía roja de este lado del mundo creían todo lo que les hacía llegar el sistema de propaganda que comandaba Willi Münzenberg, el Goebels rojo, como aquella frase de un iluso periodista californiano que después de estar unos pocos días en Moscú escribió que había estado en el futuro y que era verdad que existía el paraíso.

El Partido Comunista de Rusia, lo sabe Villegas y le pasa por encima, hizo de Stalin un semidios. No sólo era el padre de la nación –obligaron al pueblo que lo llamara “el padrecito”– sino también “genio de la humanidad” y “jardinero de la felicidad humana”, Mientras, este protervo hacía listas al azar de los compañeros de partido que debían ser fusilados, enviados a las mazmorras o desprovistos de su condición de seres humanos.

Villegas, que presenta como una proeza conversaciones grabadas de manera ilegal en el estudio de un historiador, no tiene ningún elemento que le demuestre que estos marxistas de oído –sus compañeros de gabinete, que se formaron en el materialismo histórico oyendo las letras de las canciones de Alí Primera– no caerán en los actos criminales del socialismo del siglo XX, que serán más diestros y morales al aplicar los preceptos de Marx.
Confía, sin embargo, con fe de carbonero en que el PSUV, con Diosdado y Monedero como guías doctrinarios y monetarios, implantará un socialismo con rostro humano y, más importante, ADN también humano; que por la dialéctica engelsiana saltaremos del degredo al paraíso, a la absoluta felicidad. Ya-te-aviso-chirulí.

La gente que Stalin nombraba jefes en las provincias eran dueños de vidas y haciendas. La historia se repite ahora y aquí. Los alcaldes que impone el PSUV a los indígenas waraos en las lejanías del delta del Orinoco viven en Tucupita y sólo van una vez al mes a los municipios que “gobiernan”; a maltratar a los indígenas, a recaudar el diezmo –a quitarles las hamacas de moriche que elaboran– y a ofrecerles gasolina a cinco bolívares el litro. No aplican ninguno de los socialismos, son déspotas, Villegas. Vendo colección de Tribuna Popular, sin leer, lo juro.