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Sergio Monsalve

Pequeña revancha

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Legítima y entrañable adaptación de la historieta diseñada por Charles M. Schulz, a cargo de sus herederos, quienes la trasladaron a la pantalla grande con la complicidad del estudio Blue Sky, responsable de La era del hielo. El director de la cuarta entrega de esta última franquicia fue el encargado de la realización de Peanuts, una digna película animada para todo público.  

Los niños descubrirán en ella los valores humanos, estéticos y éticos de la obra original, actualmente erosionados por la degradación del tejido político y social, a escala mundial. La honestidad, el respeto a la alteridad, el compañerismo, la perseverancia, la bondad, el amor y la comunión de las especies diversas son enaltecidas por el esmerado guion de la cinta.

A su vez, los adultos disfrutarán de la relectura de la fuente de inspiración, llena de metáforas, mensajes ocultos, códigos cifrados y agudas interpretaciones de los diferentes campos del pensamiento universal.

Así cada personaje vuelve a representar un arquetipo de las corrientes modernas de la filosofía, la vanguardia, el malestar de la cultura, el psicoanálisis, el feminismo y la inteligencia emocional, siempre desde el punto de vista humorístico y desmitificador del autor norteamericano de la clásica tira cómica. El equivalente anglosajón de la Mafalda de Quino. Innecesaria la tarea de compararlas. Ambas ocupan un lugar de honor en la historia de la caricatura lúcida y cerebral de la civilización occidental. Por ello siguen vigentes y nunca pasarán de moda.

De la escuela retro a la tendencia del 3D, el filme de Snoopy envuelve un delicado trabajo de orfebrería audiovisual y combinación multimedia de texturas (calientes o frías, según evoluciona el metraje de la pieza).  

Por cierto, lo mismo ocurre en la recién estrenada El Principito, otro ejercicio de recuperación de un legado literario, con el propósito de resucitar una esencia perdida en el desmemoriado tiempo presente. Sin embargo, a pesar de las encomiables intenciones de la versión francesa de la novela homónima de Antoine de Saint-Exupéry, su perfecto acabado plástico arropa el irregular desarrollo del contenido, lastrado por un tercer acto un poco redundante.

De cualquier modo, le rescatamos el esfuerzo de producción, el evidente tributo al Jacques Tati de Playtime, el sugerente empleo de la técnica del stop motion y el discurso de integración generacional entre un anciano soñador y una niña encapsulada en una burbuja gris, como nuestras ciudades y urbanizaciones estandarizadas.

Una invitación a grandes y chicos a reconciliarse con las infinitas ventanas de la percepción, de la imaginación, para librarse de las cadenas, los paraísos artificiales y las redes de control de nuestros estados distópicos.

En tal sentido, la aventura audiovisual de Carlitos cumple una función análoga, salvando las distancias de forma y fondo, pues supera el resultado de su contendiente europea en la cartelera.

A diferencia de El Principito, a Peanuts no le sobra ni le falta nada. Es una pequeña obra maestra sobre el despertar del romanticismo, la poesía surrealista de una mascota voladora, las apariencias engañosas y la dulce reivindicación de los supuestos condenados a la frustración eterna.

Al final del día y después de recibir incontables reveses, Charlie Brown merece celebrar una victoria, una conquista, por su dedicación, desprendimiento, humildad y constancia.