• Caracas (Venezuela)

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Antonio Sánchez García

Pepe y Chepita

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Allí vivió hasta desaparecer de nuestras vidas. Nos la llenó de una alegría inolvidable. Debe estar en el cielo, especialmente recomendado por el papa Francisco. Los animales, por ahora, se van al cielo

Pepe se apareció sin ser invitado. Corrió Nelson, nuestro asistente, a auxiliarlo, rodeado como estaba por los siete pastores que criábamos por entonces y nos lo trajo en brazos, rezongando y dando picotazos a diestra y siniestra. “Es de pelea, patrón”, dijo Nelson excitado por la emoción, jugador de gallos como todo buen colombiano. En realidad no era un gallo de pelea: iba a serlo. Era un pollo rumboso, patas peladas, enhiesto como un coronel de caballería, sal y pimienta, rojizo y con cara de muy mala leche.

Quise visitar al vecindario para saber de dónde provenía, pero Nelson se le encariñó al instante. Le puso una cabuya en las patas y lo dejó corretear por el césped a donde le teníamos prohibido el paso a los cachorros y a Marvin y a Maisa, sus padres. En el huerto aún quedaban unos restos del maíz cultivado por Sidonio, de modo que al rato ya llegaba el hacendoso muchacho de servicio con unas mazorcas medio marchitadas. Las picoteó con ferocidad, que el hambre lo tenía flaco y esmirriado.

Pronto corría a los perros, que comenzaron a temerle como a la peste. Nada más asomarse Kosovo o el Marvin, salía brincando tras de ellos, las alas extendidas, encrestado como para dar el combate, el pico presto. Mientras almorzábamos al borde de la terraza veíamos a los cachorros asomarse temerosos y a la Gatúbela con el lomo alzado por la ira. Nadie había invitado al intruso como para que se diera tantos aires y nos despertara con tan indiscreto estruendo. No se asomaba todavía un rayito de sol por los lados de Tusmare cuando comenzaba a cacarear llenando el valle de Loma Larga con sus cantos, rasgando el velo de niebla que despertaba con él.

Pensamos que cacareaba con ese estruendo reclamando alguna compañía, que ya había  crecido y presumía marchando marcial con aires varoniles por todo el patio, incluso del otro lado de la quebrada, lo que desesperaba a Nelson, que temía perderlo. De modo que más por complacer a Nelson y “aguacharlo”, como decían en mis pagos, me fui a la pollera de Kiko y compré la más bella de las polluelas. Pintada, como él, garbosa y tan señorona y tonta como todas las gallinas. Así no fuera más que una pollita con buen pedigrí, según nos aseguró  nuestro proveedor.

El furor amatorio de Pepito resultó exuberante. El primer día no creo se haya bajado ni un solo minuto del lomo de su consorte. Que al final de la jornada andaba clueca escondiéndose en los rincones. Los cantos al amanecer se volvieron una auténtica tortura para mi hija y mis nietos, que solían dormirse bien entrada la noche. De modo que, cortando por lo sano, nada más oscurecerse agarraba a la pareja y los encerraba dentro de un iglú de plástico que había servido de hogar para los cachorros. Allí, arrinconada la portezuela contra el muro, podía cantar cuanto le viniera en ganas, hasta que los soltáramos. Pero el fastidio consistía en dar con ellos, perdidos entre los bambúes, al fondo de la quebrada. En donde finalmente Chepita, que así la bautizamos, ponía unos huevos coloreados, celestes, arenados, blancos a veces, chispeados y hasta rojizos, inmensos como las piedras rodadas de la quebrada originaria de Macondo.

Me he saltado por entusiasmo narrativo el capítulo más insólito de la breve y apasionada historia de Pepito. Recién levantado y a pocos días de la aparición del gallito, me encontré a Nelson desolado, en brazos de su mujer, lloriqueando con Pepito en sus brazos. Él, todo un macho vernáculo y criollo, hombre íntegro e inmaculado pero de armas tomar, estaba profundamente lastimado: “Casi me lo comen patrón. Póngale la mano sobre ese huequito en el lomo. Le perforaron el pulmón”. Efectivamente, le brotaba un soplido. El estado de Pepito era verdaderamente lastimoso: alguno de los cachorros, irritado por sus picotazos, le había hincado los colmillos, lo había zarandeado agarrado en el hocico y si no hubiera sido por su cuidador, terminaba en el buche de los pastores.

Llamé a nuestro vecino, el veterinario, para consultarle qué hacía. “¿Qué edad tiene?” –me preguntó de entrada, bostezando, que eran como las 6:00 de la mañana–. “Unos tres meses, de los cuales unos dos con nosotros” – le respondí dándole la mayor seriedad a la información–. Se echó a reír y fue directo al grano: “Déjate de pendejadas y mételo a la olla hoy mismo”, me respondió sin una pizca de broma. “Al vino quedan deliciosos”.

La indignación de mi mujer fue bíblica. “¡¿Qué demonios se cree Alfredo?! – me dijo furiosa, que así se llamaba el veterinario– ¡¿Que somos caníbales?! Llévaselo de inmediato para que lo ponga a valer, que el Pepe no se nos va a morir así como así”.

Corrimos con Nelson a la clínica, que por fortuna estaba y sigue estando a pocas cuadras de casa. “Opéralo, haz lo que quieras, no importa el precio, pero sálvalo, que mi mujer está indignada”.

Al mediodía Pepe había sido intervenido. Tenía una clavícula rota, le habían cosido el saco en el que las aves almacenan el aire, le habían cosido con extrema prodigiosidad el par de tajos que por poco lo descuartizan, considerando que era tierno y sus carnes extremadamente blandas. “Es una locura, querido amigo, debieron habérselo comido. Pero en un una semana puedes pasar por tu gallo. Pronto volverá a despertarte como antes”. Y soltó la carcajada.

Dicho y hecho. A la semana pasamos con Nelson por Pepito. Parecía un pollo embalsamado. Estaba vendado del cogote a las patas, absolutamente inmovilizado, pero nos lanzó un par de picotazos y gargareó un intento de canto. Vivo estaba, sin discusión ninguna. Pero debíamos tenerlo en ese estado cuasi momificado unas dos o tres semanas más, tiempo suficiente para que soldaran sus huesitos y cicatrizaran sus heridas.

¿Qué hacer, dónde inmovilizar a Pepito? Nelson, ingenioso y campesino, pasó al huerto y regresó con un atado de palitos que fue cortando de mayor a menor de manera que pronto armó una jaula de forma piramidal, con una abertura en la cima. Pusimos a Pepito sobre la mesa de la parrilla y le encasquetamos su jaula, de la que se asomaba en cuanto oía su nombre. “¡Pepe!” –le gritábamos–, y asomaba su cabecita moviendo la cresta con satisfacción. Los perros se le acercaban temerosos, temiendo por los palos del dueño del convaleciente, pero curiosos por el extraño parapeto. Al mes, Pepito podía ser desvendado. Lo llevamos a la clínica y fuimos viendo cómo se sacudía las plumas, estiraba sus alas y resucitaba como si jamás en la vida hubiera estado al borde de la cacerola.

Volvió Pepito a sus andadas. Fue cuando en recompensa le traje a la Chepa, su empate. Un experto hubiera podido notar que Pepe estaba chueco, cojitranco y descentrado. Pero ni Chepa ni nosotros lo notamos. Era el mismo gallo de pelea, garboso, insolente, camorrero de siempre. Donoso como un gentilhombre: mientras más se adueñaba de Chepita, a la que acosaba de sol a sol, montándosela sin mostrar la menor fatiga, más enflaquecía. Al echarle sus granos de maíz corría a buscar a su compañera. A la que empujaba a devorárselo todo sin dejarle nada. Ella cada día más gorda y matrona. Él feliz y flacuchento como un gallo enamorado. Al atardecer gozaban montándose en las rejas de diseño, sin imaginar el fin que les encontraría un pollo recogidito.

Montarse en una escalera de tijera para bajarlos y encerrarlos en su iglú comenzó a causar los consiguientes contratiempos. La casa se detenía, todos esperaban expectantes a ver cómo reaccionaría Pepe el gallito de la pasión, para evitar ser agarrado por sus amos. Sobre todo cuando estábamos de viaje. Un buen día comprobamos que ni los maravillosos huevos de Chepita ni las correrías de nuestra mascota Pepe, el gallo peleón, ni los sobresaltos madrugoneros justificaba tenerlos con el permanente temor de que los perros terminaran por echárselos al pico. Se los regalamos a un tío que les tenía echado el ojo. Los instaló en los galpones que poseía en Quinta Alegre. Siguió Pepito haciendo de las suyas al extremo de convertirse en el guardián de sus espacios.

Allí vivió hasta desaparecer de nuestras vidas. Nos la llenó de una alegría inolvidable. Debe estar en el cielo, especialmente recomendado por el papa Francisco. Los animales se van al cielo.

@sangarccs