• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Héctor Faúndez

La Pepa

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Invitado por la Secretaría General Iberoamericana, y con motivo de la celebración del bicentenario de la Constitución de Cádiz, participo, estos días, en un seminario cuyo propósito es analizar el pensamiento iberoamericano de la época, el ideario de ese texto a la luz del nuevo constitucionalismo latinoamericano, la importancia de dicho acontecimiento histórico y los desafíos actuales del constitucionalismo en Iberoamérica.

Surgida en el contexto de la crisis política generada por la abdicación de Carlos IV y de su hijo Fernando VII a favor de Napoleón, en medio de la ocupación de España por las tropas francesas y del asedio de la propia ciudad de Cádiz, la Constitución de Cádiz, conocida popularmente como la Pepa, apenas estuvo dos años en vigor, desde el 19 de marzo de 1812 hasta su derogación, el 4 de mayo de 1814; aunque más tarde fue aplicada brevemente, primero entre 1820 y 1823, y luego, por algunos meses, entre 1836 y 1837.

No obstante no abolir la esclavitud, declarar el Estado confesional, prohibir la libertad de culto, y a pesar de no ser una constitución republicana, desarrolla ideas liberales para su época; ella estuvo parcialmente inspirada en el constitucionalismo moderno, que sustituyó la monarquía absoluta por la regulación del poder real, y que sentó las bases para un gobierno basado en el imperio de la ley. Además, en un país en que imperaba la censura, consagrar la “libertad de prensa”, aunque limitada a la difusión de ideas políticas (no a los mensajes científicos, literarios, o religiosos), y siempre “bajo las restricciones que establecieran las leyes”, constituía una pequeña conquista de la libertad. Obviamente, una constitución de esas características no podía ser aceptada por Fernando VII, quien la derogó tan pronto fue restaurado en el trono.

En su redacción participó un numeroso grupo de delegados provenientes de las colonias de España en América; esta circunstancia, unida al carácter liberal de la Pepa, hizo que ella tuviera una tremenda influencia en el constitucionalismo de las nacientes repúblicas americanas. Su adopción fue un punto de inflexión en la historia de España y de América, que contribuyó a forjar el Estado de Derecho y la separación de funciones, como elementos que hoy son inseparables de la noción de democracia.

Doscientos años después, al menos en teoría, España ya no es un Estado confesional, y la libertad de expresión se extiende a las informaciones e ideas de cualquier tipo; su forma de gobierno es la de una monarquía parlamentaria, y hay un régimen de libertades públicas que encuentra sus raíces en la Constitución de Cádiz. Aún así, los herederos de Fernando VII (y de Francisco Franco) hoy pretenden recortar el derecho de manifestar.

Las repúblicas americanas evolucionaron de manera diferente. Desde un comienzo, los súbditos fueron sustituidos por ciudadanos. Los derechos y libertades públicas se desarrollaron de manera más amplia que en la Constitución de Cádiz; pero ni la igualdad siempre ha sido real, ni la libertad siempre ha sido plena. Debieron pasar muchos años antes de que se aboliera la esclavitud en el continente, y muchas décadas más para que la mujer adquiriera el derecho al sufragio. No hemos tenido reyes; pero hemos tenido reyezuelos.

Dos siglos después de la adopción de la Pepa, los derechos humanos han sido recogidos en nuestras constituciones, y en muchos países incluso se ha consagrado el derecho de recurrir a instancias internacionales en reclamo de esos derechos. Sin embargo, aún tenemos que seguir luchando para que ellos sean realidad y no una simple quimera, constantemente pisoteada por gobiernos que creen que esos derechos son una concesión graciosa de su parte.