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Miguel Ángel Cardozo

Peligrosa necedad: o los límites de la paciencia

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Tanta burla, tanto irrespeto, tanta desfachatez, tanta vagabundería… en fin, tanta inmoralidad de quienes han delinquido a sus anchas camuflados de miembros de un “gobierno” que, a su vez, no pasa de ser el ala más oportunista de la rapaz mafia comunista transnacional, hace recordar lo que respecto a la voluntad general apuntó Rousseau en El contrato social, esto es, que solo aquella, atendiendo al fin del Estado, que no es otra cosa que el bien común, debe dirigir sus fuerzas y que, por ello, ni la soberanía, como ejercicio de esa voluntad general, puede jamás enajenarse, ni el Soberano, como colectividad, puede ser representado más que por sí mismo; argumento que llevó a ese conspicuo pensador de la modernidad a sentenciar que el poder puede transmitirse, pero no dicha voluntad.

Claro que, como él mismo advirtió en la citada obra, si bien a ese soberano, al pueblo, no se le puede corromper –lo que precisamente hace de su voluntad un “algo” intransferible–, sí es factible engañarlo, aunque Abraham Lincoln, el promotor de la consolidación de la democracia moderna más longeva del mundo, la estadounidense, sabiamente afirmó que puede engañarse a algunos todo el tiempo o por algún tiempo a todos, pero a todos no se les puede engañar todo el tiempo, dándole en ello la razón los acontecimientos del posterior siglo XX, en el que los intentos de doblegar mediante embaucamiento –transmutado luego en opresión– un universal espíritu democrático, moldeado en el crisol de largas luchas e innumerables penurias, terminaron en el mismo desengaño –en algunos casos transformado en incontenible fuerza generadora de naciones libres y en otros devenido en latentes sentimientos que tarde o temprano conducirán a igual resultado–.

Lo lamentable –y en el caso venezolano muy preocupante– es que el tránsito del desengaño a la emancipación puede teñirse de matices muy oscuros, sobre todo si los embaucadores, al ver sus amaños descubiertos, buscan por todos los medios imponer a la voluntad general sus particulares intereses; necedad que fácilmente puede traducirse en el despertar del monstruo de la ira de tal generalidad, ante el que, de modo invariable, siempre se extingue la posibilidad de prevalencia de la fuerza de cualquier tirano, cuerpo armado o “malandraje”, y cuya forma de apaciguamiento es materia incierta.

Esto, sin embargo, parece no preocupar a quienes con soberbia no cesan de fustigar al pueblo venezolano, burlándose de él, irrespetándolo, actuando con desfachatez, incurriendo en mil vagabunderías. No, en absoluto importa esto a unos inmorales que, en lugar de tratar de enmendar los inmensos daños que han ocasionado en 17 años, se sumergen en unilaterales “guerras” de retratos que solo encrespan más a ese soberano timado por aquel barinés al que ellos, junto a un puñado de mercenarios y a otro de mentecatos, pretenden elevar a unos altares cuya existencia será tan efímera como el influjo de tan nefasto personaje.

Nada bueno augura, verbigracia, el que mientras millones de niños intentan conciliar cada noche el sueño pese a la infelicidad que sus vacíos estómagos en todo momento les recuerdan, rojas manos arrojen alimentos –que en la nación deberían asegurar una feliz infancia– sobre los depositarios de un poder emanado de la voluntad del pueblo de Venezuela –y con el que este espera que se allane el camino para el cabal cumplimiento de su mandato de restitución del Estado de derecho y de consecución de un pleno desarrollo nacional–, o el que mientras los efectos de la ruina económica ocasionada por un fracasado modelo producen un colectivo ay, mediocres de medio pelo se presten a la prosecución del peligrosísimo juego del fingimiento de la toma de unas definitivas “medidas” con el que, in aeternum, se pretende mantener una apacible expectación.

En esta sociedad pueden hallarse ciudadanos con diversos niveles de instrucción, pero ningún venezolano de a pie es idiota, por lo que a nadie se engaña ya con dislates y efugios como los mencionados, o como el de la sentencia que, entre gallos y media noche, dictó el pasado 11 de enero un grupo de magistrados del máximo órgano judicial del país, cuya elección y posterior actuación, además de ser cuestionadas por el recién creado y muy calificado Bloque Constitucional, a propósito de la denuncia que el 4 de enero del corriente sus miembros públicamente formularon en relación con la previa sentencia de aquellos, mediante la que se busca “enervar la representación de los diputados proclamados” y con la que tales magistrados, de acuerdo con los argumentos presentados en la mencionada denuncia, “incurrieron en […] causales de remoción”, también han sido puestas en tela de juicio por la Organización de Estados Americanos, específicamente en la carta enviada el 12 de enero a Maduro por su secretario general, Luis Almagro, en la que de manera expresa se señala que al elegirse “integrantes de la judicatura que arrastran en sus espaldas militancia política, incluso participación política en cargos electivos, se vulnera la esencia del funcionamiento de separación de poderes”, lo que “lleva a presuponer que las decisiones que se toman tienen no solamente un contenido jurídico sino político”, añadiéndose después, respecto al acto por el que se declaró en “desacato” a la junta directiva de la nueva Asamblea Nacional, que la trayectoria política de los magistrados que lo llevaron a cabo “es incompatible con la imparcialidad y objetividad para juzgar que requiere el ejercicio de la justicia” y que con su proceder se han apartado “del objeto último del Derecho electoral: preservar la voluntad de los electores”.

En virtud de todo lo anterior, hoy más que nunca, sí, se hace necesaria la siempre oportuna exhortación a la prudencia y a la paz, pero también –y muy especialmente– una clara conciencia de que la paciencia de quienes como colectividad ven que de forma obscena se intenta desconocer lo que por su voluntad y en aras del bien común se ha decidido, sobre todo en medio de la hambruna, es, en extremo, limitada, por lo que, trayéndose una y otra vez a colación el fantasma de una guerra civil que no ocurrirá en Venezuela por la sencilla razón de que los dos contendientes en pugna son, por un lado, el –civil y militar– pueblo venezolano y, por otro, la pequeña aunque muy desalmada cúpula dictatorial –civil y militar– que lo pretende someter, no se puede continuar cediendo ante las pataletas del opresor, máxime en momentos en los que, por fin, la comunidad internacional parece haber decidido respaldar lo que, por dicha voluntad general, ya fue legitimado el pasado 6 de diciembre.

 

@MiguelCardozoM