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Francisco Javier Pérez

Pedro Grases y la lingüística venezolana 2
A los diez años de su muerte

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Este próximo 15 de agosto se cumplen diez años de la desaparición física del maestro Pedro Grases (1909-2004). Las convulsiones políticas del país impidieron que se le rindieran los homenajes que su figura de entrega y vocación venezolanistas merecía. Las palabras que siguen quieren ser una modesta contribución para el conocimiento de una de las más importantes parcelas de estudio que transitó. Su formación filológica lo hubiera podido llevar a especializarse solamente en materias lingüísticas. Sin embargo, entiende la demanda por el estudio de la tradición humanística venezolana y es a ella a la que dedica sus muchos años de trabajo y sus muchas horas de desvelo para lograr reconstruir los procesos, describir los hallazgos documentales, organizar los haberes y determinar los logros mentales que todo ello significaba para situar lo que fue el país de la inteligencia y no el de la barbarie. Homenaje personal a la generosidad del maestro, a la perpetuidad de sus enseñanzas y a la fortuna de su legado.   

La biografía del Grases lingüista, cuyo tránsito seguimos, regresa para culminar en sus estudios sobre la lengua de Venezuela, aquella parcela sobre la que ha reflexionado históricamente en la búsqueda de pistas claras en los intentos de un humanismo venezolano de la lengua. Aunque en función cronológica se trata de sus primeros escarceos, esa palabra que gusta tanto usar para calificar con sencillez sus producciones, resultan sus aportes como descriptor del léxico venezolano. Aunque hace, en 1964, un aporte lexicográfico al elaborar el apéndice “Venezolanismos” al Diccionario escolar de la lengua española, de Libardo Hoyos Cardona, publicado en Bogotá, serán sus estudios lexicológicos anteriores los que nos permiten visualizar las dotes de estudioso lingüístico que Grases poseía. Principalmente, nos estamos refiriendo a siete trabajos: 1) “Acerca del grupo ZC de la conjugación castellana” (1942); 2) “Fórmulas de tratamiento en Venezuela en la época de la Independencia” (1943); 3) La nomenclatura de bailes y canciones de Hispanoamérica” (1947); 4) “Galerón en Tierra Firme” (1947); 5) “Locha, nombre de fracción monetaria en Venezuela” (1949); 6) “Liberal” (1950); y 7) “La idea de alboroto en castellano. Notas sobre dos vocablos: bululú y mitote” (1950).

Estos estudios están dibujándonos la imagen del verdadero lingüista que hay en Grases, en correspondencia y a la par con la imagen de historiador que subyace en todo lo que hace. Estudia voces del momento independentista para entender la Independencia a través de sus palabras. Estudia las canciones patrióticas para entender el patriotismo fundacional, lexicalmente. Estudia los nombres de las monedas para entender el significado de la vida nacional reflejado en ellos. Es, en este sentido, un adelantado de las obras mayores sobre esta temática, en especial, la de Marco Antonio Martínez, discípulo predilecto de Rosenblat, Los nombres de las monedas en Venezuela, en publicación póstuma de 1993 (se editó esta obra con un estudio preliminar que escribimos, luego de una revisión crítica y anotada, a cargo de la Colección Quinto Centenario de Venezuela y de la Asociación Bancaria de Venezuela). Estudia, finalmente, el léxico del desorden para entender algunos rasgos del carácter nacional, hijo de España. Oímos aquí al lingüista que se hace etnógrafo: “El desorden es tomado ya como algo típico y endémico del mundo hispánico, y efectivamente no deja de ser un buen criterio interpretativo de la historia de los pueblos de habla castellana (...) Toda la historia hispánica ha sido una suerte de alboroto vital, un desorden creador, de enorme pujanza (...) La riqueza de vocabulario castellano para expresar la idea de ‘alboroto, tumulto, pendencia, etc.’, da la razón a quienes consideren nuestras sociedades como entidades que viven en frecuente desorden. No obstante, nadie ha encontrado todavía cuál sea la forma de vida más profunda y más fecunda”. Repasa y repiensa algunas de las formas léxicas más sugestivas, a este respecto, del castellano venezolano: bochinche, brollo, bululú, cómica (poner la -), galleta (se armó una -), guachafita, merequetén, periquera, rochela, sampablera, seisporocho y zaperoco, dentro de un amplio contexto de referencias históricas y lingüísticas.

Continuada hasta el presente, por encima de los silencios engañosos, la actividad productiva del Grases lingüista ha sido constante. Rescata textos olvidados, reúne piezas dispersas de nuestros clásicos, compila las obras estelares de los maestros venezolanos del idioma, prologa muchos textos, patrocina ediciones modernas de y sobre nuestra lingüística, dirige académicamente estudios bibliográficos sobre los estudios de castellano en el país y, en definitiva, hace palpitar la lengua de Venezuela y su vida lingüística en muchas de sus ocupaciones, entre otras, las que desarrolló en La Casa de Bello, de la que fue motor fundacional e inteligencia creativa.

Hasta aquí hemos seguido la biografía lingüística de Pedro Grases. A partir de este momento, teniendo a la vista toda la arquitectura de su inmensa y prodigiosa obra, no nos queda más que seguir las huellas paradigmáticas de sus realizaciones y la estela de pensamiento que cada una de ellas ha ido dejando. Reconstruir esas grafías espirituales del lenguaje es la deuda que la Venezuela lingüística tiene con este maestro que, además, nos enseñó que nuestra lengua y lingüística constituyen un mar de profundas aguas, un océano de arcanas posibilidades. Sólo de la mano de Grases, entonces, podemos comenzar a navegarlas con firmeza.