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Nelson Rivera

Pedazos de opinión: Escopeta

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Padrino en su despacho. Entre el pulgar y el índice, una pequeña bola de plomo. La mira y duda. Si el perdigón es un 3 o un 4.

Dar en el blanco: entrar en el cuerpo de un hombre hambriento.

Nitrocelulosa gelatinizada: cuando el percutor golpea el pistón del cartucho, se produce la explosión que impulsa los perdigones.

A la masa de bolas de plomo recién salida de la escopeta la llaman nube.

Que el oprimido vaya-hacia-atrás: de eso habla la etimología de represión.

200 metros por segundo: perdigón disparado con una calibre 12.

Nunca falta quien dice, poesía contra la represión.

Represor y reprimido se miran a los ojos. En esa distancia, en ese mudo desacuerdo, se repite una antigua escena: el desafío del débil al fuerte. Cuando el poderoso recibe el mensaje sin palabras –mensaje que pone en duda la legitimidad de su poderío– ordena la primera carga de perdigones.

Escopeta proviene del italiano schioppetto.

Informe forense. Realmente el cartucho fue detonado en diciembre de 1998. Desde entonces los perdigones viajan en busca de un cuerpo en el cual abrirse paso.

Entre los metales que entran en el cuerpo, el plomo pertenece, en la clasificación de los cuerpos extraños, a la categoría de los mal tolerados.

Preguntas: Quién ordenó. Quién accionó el gatillo. Quién levantó el mazo y lo descargó contra el cuerpo indefenso.

El genio de la escopeta de perdigones es su deliberada imprecisión: a partir de una corta distancia, las bolas de plomo vuelan hacia cualquier cuerpo.

Sin escopeta, suelen ser hombres. Con escopeta, cobardes.

Chávez: “Doy la orden de una vez, señor ministro de la Defensa, al ministro del Interior y a los jefes de la policía: a partir de este momento, el que salga a quemar un cerro, a quemar unos árboles, a trancar una calle, le echan gas del bueno y me lo meten preso”. Enero 2009.

Cohabitan. La bomba lacrimógena y la escopeta de perdigones. Pareja de lo indiscriminado.

“Si el cuerpo extraño extraído es un proyectil, guárdelo personalmente en un sobre cerrado y rotulado con el nombre del enfermo, fecha de operación, nombres del cirujano y equipo. Entréguelo a la dirección del hospital. Puede tener un valor médico-legal insospechado”.

Un hombre con escopeta es un hombre-escopeta.

Mientras Eduardo VI de Inglaterra, coronado a los 10 años de edad, gobernaba rodeado de una corte de tutores, los aristócratas aprendían a disparar perdigones contra las liebres. A menudo acertaban. Año 1547. La precaria salud le impedía al rey disfrutar de las partidas de caza. Apenas viviría. Lo enterraron en 1553.

Se clasifican del 1 al 12. Simple. El 1, el perdigón más gordo.

Schmitt: La crisis pone en movimiento el potencial militar. Los especialistas en violencia se hacen cargo.

La represión es un depósito lleno de oscuras ansiedades: al desatarse es incontrolable.

Padrino acerca la bola de plomo a su lengua. El plomo sabe a plomo, concluye.

Un cartucho de perdigones número 4 puede contener hasta 51 bolas de plomo.

“Con los dientes, /con las manos, como puedas. /Quita de mi cuello honrado /el metal de esta cadena, /dejándome arrinconada /allá en mi casa de tierra. /Y si no quieres matarme /como a víbora pequeña, /pon en mis manos de novia /el cañón de la escopeta”. García Lorca.

Escopeta rima con tanqueta. Perdigón con traición.

Macroeconomía Padrino: si se multiplica el número de cartuchos por la cantidad de plomos que contiene, obtendremos el PIB REAL, es decir, el número de plomos por persona que aguardan turno.

La escopeta, un cuento de Juan Carlos Onetti: “No era noche cerrada cuando estiré el brazo para encender la lámpara sobre la mesa. Era necesario que terminara de escribir mi artículo antes del alba y correr para echarlo al buzón y esperar acurrucado que volviera el cartero entre la bruma que el amanecer iba castigando con látigo del color exacto de la sangre fresca y brillante. Volvía muy gordo y tranquilo trayéndome el cheque mensual y era necesario apurarse y no fue más que encender la luz y oír el ruido de alguien tratando de forzar la cerradura y alrededor de mí la soledad de la aldea desierta, inmovilizada por la luna vertical justo en el centro geométrico del mundo tan inmenso con tantos millones de camas donde balbuceaban sus sueños personas diversas y dormidas, cada una con un hilo de baba rozando las mejillas y estirándose con dibujos raros en la blancura de las almohadas. Hasta que salté y me puse a un costado de la puerta preguntando muchas veces con un ritmo invariable quién es, qué quiere, qué busca. Y un silencio y el forcejeo rodeó la casita y continuó trabajando en una de las ventanas no recuerdo cual, impulsándome en dos movimientos sucesivos, casi sin pausa, a matar con la palma de la mano la luz de la mesa y abrir el armario para sacar la escopeta y luego caminando de una ventana a otra y de una ventana a la puerta, según variaban los ruidos del ladrón, siempre preguntando hasta la ronquera qué busca, haciendo girar la escopeta, oliendo crecer desde el pecho y las axilas el olor tenebroso del miedo y la fatalidad.
“Después de una pausa y un pequeño ruido de papeles, el hombre de la baba blanca habló detrás de mi nuca. Su voz era átona:
“—Este sí que es fácil. Un sueño elemental. Hasta un niño podría interpretarlo. Yo soy el ladrón que busca saber, entrar en su ego. ¿Por qué tanto miedo?”.
A esta hora, un uniformado carga su escopeta con cartuchos de perdigones. Para responder al hambre. Y a su hambre.