• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

S:D:B Alejandro Moreno

Paz para todos

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

“Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres, que Él quiere tanto”. Así resuelve Mateos (Nueva Biblia Española) la difícil traducción del “eudokías” griego recuperando de este modo el significado profundo del deseo divino opacado desde la versión latina de San Gerónimo mediante la cual ha llegado hasta nosotros como si la paz sólo fuera querida para los hombres “de buena voluntad” convirtiendo, sin desearlo, a Dios en un Señor que selecciona y excluye. No; la paz es para todos porque mucho Dios a todos ama.

La conciencia cristiana lo ha entendido siempre bien, no obstante las palabras inadecuadas, y así se lo ha transmitido al mundo. Como buena levadura que fermenta toda la masa de los pueblos y las culturas, ha difundido universalmente el mensaje navideño de alegría, encuentro, entendimiento y amor, que todo eso y mucho más significa la paz (Shalom) en las Sagradas Escrituras.

La paz, en efecto, en el lenguaje bíblico, no se reduce a la ausencia de guerra, de violencia y agresión, sino que es un término y un concepto repleto de sentido. Significa todos los bienes que Dios puede dar al hombre con generosidad y en abundancia, toda la plenitud y bendición tanto material como espiritual, tanto personal como social, tanto nacional como universal. La paz es pues lo contrario de todo odio, de todo poder que se impone y domina, de toda miseria, de toda angustia, de todo temor, de toda injusticia, de todo lo que separa, oprime y enfrenta. Nos viene bajo la forma de un Niño cuya sonrisa a todos convoca, entre todos se derrama y en todos despierta la ternura que no es otra cosa sino un encuentro con la profundidad de nuestro ser desnuda e indefensamente humano.

La Navidad quiere ser el momento fuerte de la unión de la bondad de Dios con los hombres enlazada y concentrada en un abrazo. Como decimos en la liturgia de la misa: “Démonos un abrazo de paz”.

Aunque el mensaje, el deseo y la oferta son para todos, hay los que cierran las puertas y ventanas de su corazón para que no entre en ellos porque no quieren la paz de Dios sino su paz, la que ellos imponen, no quieren los bienes sino sus bienes, los que valoran individualmente como tales, no quieren el amor sino su amor a sí mismos y a sus ambiciones, no quieren la ternura del Niño sino la metálica dureza de sus armas, no el calor del abrazo sino el fuego de los disparos.

La paz celeste que el nacimiento de Jesús nos anuncia ha tenido que viajar por los siglos abriéndose paso desde la noche primera de Navidad por las estrechas rendijas que los poderes de la tierra y la dureza de los corazones no han podido clausurar. Débil pero luminosa llega a nosotros para infundirnos esperanzas en medio de tanto dolor como tristemente se producirá también en estos días que Dios quiere sean para nosotros de gozosa celebración sin sombras.

La violencia no es invencible. Ni la de arriba ni la de abajo, ni la que desde los poderes se busca, proclama y promueve ni la que desde la desgracia, el abandono experimentado y la agresión sufrida impulsa al niño y al joven a buscar por la fuerza un “respeto” que le es debido simplemente por ser humano.

La paz anunciada tiene que ser por nosotros construida pues es promesa y anuncio pero también tarea. Muchos constructores de paz se esfuerzan entre nosotros por cumplir esa labor, sea que trabajen en la defensa de los derechos humanos, en la solución pacífica de conflictos o en muchas otras verdaderas misiones.

El mismo Niño nacido en Navidad, que inicia su vida terrenal como mensajero de paz, con el mismo mensaje la cierra: “Paz es mi despedida, paz les deseo, la mía, y yo no se la deseo como la desea el mundo”.