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Eduardo Mayobre

Paz y respeto

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Con motivo del anuncio del fallecimiento del presidente Hugo Chávez, el vicepresidente Nicolás Maduro solicitó a los venezolanos paz y respeto. Sus palabras no pudieron ser más oportunas.

Porque la reconciliación de todos los venezolanos implica necesariamente el reconocimiento de la dignidad de cada uno de ellos y el recurso a modalidades pacíficas y civilizadas de convivencia.

Manuel Caballero, nuestro recordado gran historiador, sostenía que el gran logro de la sociedad venezolana durante el siglo XX había sido la paz, no obstante los diversos avatares que le tocó vivir. Mantener dicha paz es una obligación primaria de los venezolanos del siglo XXI y para ello resulta indispensable el respeto entre unos y otros, en toda circunstancia y a pesar de las naturales divergencias que surgen en el seno de cada sociedad.

El máximo héroe civil mexicano Benito Juárez sentenció en palabras inolvidables para los latinoamericanos que el respeto al derecho ajeno es la paz. Si tomamos esa máxima en serio, debiera presidir la conducta de cada ciudadano, de gobernantes y gobernados, de empresarios y obreros, de débiles y poderosos.

El derecho, el respeto y la paz son valores universales que se aplican y conciernen a todos por igual. De manera que excluyen el establecimiento de grupos privilegiados, bien sea por riqueza, fuerza, poder o ideas que aspiren a imponer su derecho a los otros por medios diferentes al diálogo y la paz.

A lo largo de la historia aun los pueblos y las instituciones más respetables han caído en la tentación de violentar el derecho de los otros. Los blancos, por ejemplo, intentaron imponer su supremacía hasta hace poco y algunos llegaron al extremo de proclamar la superioridad innata de los arios. La Iglesia católica y romana, expresión máxima de la espiritualidad, llegó al desvarío de la Inquisición. Imperios diversos aterrorizaron a países vecinos y remotos con el objeto de hacer valer sus intereses y valores. Y fanáticos de las más diferentes layas y doctrinas intentan atropellar las creencias ajenas tanto en las plazas públicas como en los foros internacionales. En cada caso han violado o puesto en peligro la paz y respeto que debieran conducir las relaciones humanas y muchos de ellos han provocado guerras y atrocidades que da vergüenza recordar.

Por ello el llamado a la paz y el respeto es oportuno. Pero debe tomarse en cuenta que cumplirlo no debe limitarse a ocasiones solemnes y de gran conmoción sentimental como las que ha provocado la desaparición del presidente Chávez. Sino que debe ser un imperativo de conducta, particularmente para quienes ejercen responsabilidades públicas.

La frase completa de Juárez es: "Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz". De manera que no se trata solamente de una máxima de alcance universal para los individuos. Afecta también la vida pública, a la comunidad. Y su aplicación comienza en el lenguaje. Injuriar es la primera forma de violar el precepto.

Carlos Marx, por ejemplo, quien utilizaba un lenguaje vigoroso y a veces hasta pudiera decirse que violento, no era dado al insulto.

Pretendía observar las leyes de la historia y predecir sus consecuencias. Incluso exhortaba a apresurarlas. Pero sin desconocer la realidad del otro. A su pluma se deben algunas de las mejores justificaciones del papel histórico, que él estimaba agotado, del capitalismo.

La convicción de poseer ideas justicieras o profundas no debe dar lugar, en consecuencia, a menospreciar o denigrar ideas de los otros. De manera de que si tan sólo desterráramos los insultos, las amenazas y las interjecciones de la vida pública nacional para satisfacer la exigencia de paz y respeto del vicepresidente, realizada en un momento de íntima conmoción, habríamos avanzado significativamente. No nos equivoquemos.

El presidente Chávez, que en paz descanse, era muy dado, como buen llanero, a ser superlativo. A veces sus expresiones producían urticaria, como aquella de comparar al presidente Bush, de Estados Unidos, con el diablo porque ambos olían a azufre. Pero como las mezclaba con su humor cuartelero no resultaban totalmente injuriosas. Los que no tienen su gracia o su carisma al tratar de imitarlo pueden llegar al irrespeto. Y poner en peligro la paz.

Con todas sus imperfecciones, la llamada revolución bolivariana no ha provocado todavía una violencia generalizada, a pesar de haber amenazado con ella varias veces. Es de esperar que, una vez ausente el líder, las torpezas de sus albaceas no vayan a alterar la paz, el gran logro de los venezolanos durante el siglo XX. Paz y respeto debe ser, por tanto, la consigna.