• Caracas (Venezuela)

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Fabiola Colmenárez

Paz sin justicia es paz malandra

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El trabajo de un dirigente político es el de indicar el camino, el de marcar las pautas para el desarrollo de su comunidad, localidad, región o nación. Para algunos, incluso, el de iluminar el destino de toda la humanidad.

Nunca he entendido la política si no es para la aplicación, en cuerpo y alma, de valores supremos. Y no me refiero a ideas, a conclusiones analíticas, a visiones o a percepciones individuales de la realidad. Me refiero a valores supremos, aplicables en el tiempo, independientemente de cuál sea este, y aplicables en cualquier situación sin importar cuál sea. Me refiero a valores absolutos, como lo es la vida misma, y como lo son la justicia y la verdad.

A raíz de la muerte violenta y espantosa de una joven mujer, amiga y figura pública, junto con su marido y frente a los ojos por siempre enturbiados de su pequeña hija, este régimen ha decidido convocarnos, a las víctimas de su cobardía, de su complicidad, a los que sufrimos su política de Estado, persecuciones, insultos, amedrentamiento y amenazas, que nos unamos a ellos en la convocatoria por una paz hipócrita y manipulada.

La paz de Maduro es una paz manchada de sangre de miles de venezolanos, una paz que debe alcanzarse contra la ideología capitalista, una paz que nos arrebata las novelas… La paz de Maduro es la burla de quienes viven en la paz del sepulcro.

Los venezolanos hemos, lamentablemente, aprendido a convivir con la muerte prematura, con el silbido de las balas, con el odio del hermano. Yo misma he aprendido a dormir de noche con un ojo abierto, con el corazón sobresaltado, con el ansia como amiga y la adrenalina como insumo para la prevención.

Sí, soy una de las tantas venezolanas que se ha “acostumbrado”. No me pidan que, además, sea cómplice de mi propia desgracia.

No caminaré tomada de mano, entre abrazos hipócritas, con quienes han sido y son los criminales que me asedian y que asedian mi patria.

Parte de nuestra dirigencia opositora ha entrado en una etapa de lo que los psiquiatras llaman “síndrome de Estocolmo”. Prefieren abrazar a su victimario que enfrentarlo, pues temen que su reacción sea la razón de su muerte. Peor aún, adoptan el lenguaje, el comportamiento, la gestualidad e incluso las ideas de su victimario. Las hacen propias, las bendicen con sus acciones, pues, al fin y al cabo, según su distorsionada percepción de la realidad, podrían estar peor. Siguen vivos, por ahora, y la única razón por la que siguen vivos es la bondadosa clemencia de su victimario… Esa dirigencia me produce sentimientos encontrados. Al fin y al cabo, los compadezco. Han sido abrumados por el miedo. El terror de perder la vida los hace perder la dignidad, y con ella pierden la razón.

Sin embargo, existe otra dirigencia opositora que se comporta de manera enfermiza pero no por temor sino por indecencia. Me refiero a los que ahora abrazan a los delincuentes con tal de “no quedar mal con el electorado”. Son esos típicos politiqueros de botiquín que surfean la ola de la opinión pública. Son los que tienen tan poco peso moral que sus ideas y sus destinos son impulsados por el viento del poder: navegan con la ligereza de una pluma y como una pluma siempre irán de caída…

Ya me he acostumbrado, sí, pero no me pidan que me arrodille, pues no estoy dispuesta a perder mi dignidad. Soy madre y mis hijos necesitan verse en el espejo de mis ojos. Nadie, mucho menos la hipócrita complacencia de unos seudodirigentes opositores, podrán empañarme la mirada.

No creo en la paz de Maduro. No creo en la paz del delincuente, del opresor, del tirano. No creo en la paz malandra.

Creo en la reconciliación de los venezolanos honestos y trabajadores, sin importar sus diferencias ideológicas o sociales.

Creo en la paz edificada sobre valores. Creo en la verdad y en la justicia; ambas secuestradas por este régimen.