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Samuel González-Seijas

Paz y colmillos

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En nuestro país, la palabra Paz es un monosílabo mortal. Quienes la pronuncian la ejecutan como si no fuese articulada por la voz humana sino como proveniente de un artefacto con capacidad aniquiladora. Es una advertencia y una amenaza. Es un arma letal. Los que detentan el poder la han sometido a una operación de vaciado continuo durante década y media. Ya la palabra no trae consigo asociaciones propias de su original contenido. Han logrado fracturar su médula semántica y por un procedimiento de propaganda, resentimiento, maldad programada, la han venido llenando de sus contrarios, como si un ave canora, colorida y frágil, sometida a un entrenamiento perverso, lograra rugir como el tigre.

Torcer el lenguaje hasta un grado criminal: esa ha sido una de las herencias más regresivas que nos ha dejado la mala política y el despotismo iletrado de quienes nos gobiernan. Una actitud que no puede calificarse sino de perversa. Pervertir: viciar, perturbar el orden conocido, transmitido, convenido en sociedad.

Para darnos una idea cercana a estos procedimientos de tortura a las palabras habrá que seguir la imagen con ayuda de una cámara lenta. Antes de siquiera juntar los labios, el cuerpo del ejecutante de la Paz alza el brazo con el puño cerrado. En el puño se junta la potencia del golpe que quiere desatarse. En su rostro, las cejas y la piel de la frente se van tensando, como el arco que liberará el filo penetrante. El brazo restante queda en retaguardia, como una bota que se hunde en el suelo. Está por salir la palabra, está por sonar desde un pecho inflado de negro arrebato no de aire humano. La mandíbula se hace catapulta. Los carrillos parecen disolverse, la lengua es animal de una sola escama.

Viene ascendiendo la Paz por el esófago, como si viajara por una tubería instalada para el transporte de vapores corrosivos. Llega entonces a la garganta, al vestíbulo donde se carga de pólvora, allí donde recoge los últimos alcoholes del incendio. Finalmente, el portador de la Paz abre la boca y la palabra explota. La onda expansiva quema las hojas en los árboles, sofoca el vuelo del insecto, levanta polvaredas en la ciudad.
El que ha ido a escuchar, el que salió a recibir la descarga frente a esta Paz definitiva, queda convertido en enjambre, en una sola masa que vibra sonora. Algo en ellos se cumple y se renueva. La Paz con la que son invitados a vivir quiere mover en ellos la gana del descuartizamiento, de la destrucción. Han recibido una Paz que ni siquiera es animal porque no ha sido ofrecida para aplacar un instinto básico. Es algo todavía anterior, informe, una Paz previa a la naturaleza. Es una sílaba escupida al aire y que, trabajada con meticulosidad de relojero, muestra los colmillos por el bien de los ciudadanos.