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Beatriz de Majo

Patriótica solución al magnicidio económico

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Le hacía falta al gobierno inventarse un megaproyecto con el cual mantener entretenida a la población mientras agencia una suerte de salida al destrozo mayúsculo que se ha ido evidenciando en la dinámica económica del país y en la vida ciudadana. Ya no son solo las cifras macro las que no cuadran. El descalabro de estas resulta difícil de captar en toda su magnitud por los economistas, y el pueblo no consigue ni siquiera interpretarlas. Pero la desazón generalizada, el sentimiento de que nos vamos a pique y que el barco perdió la brújula, la rabia por el deterioro diario del país ya se ha ido apoderando del individuo común. El concepto de calidad de vida no existe y, en el camino hacia su renuncia, este ha sido sustituido por un desespero creciente, por un calvario que a diario hay que enfrentar.

Frente a ello, y de cara a la necesidad de aportar algún género de respuesta al desaliento, el gobierno ha urdido una fábula, la del contrabando, con la que pretenden convencer a los votantes de que sus males, su drama cotidiano, provienen no de 15 años de equivocado manejo de las finanzas nacionales, de la política petrolera, de la centralización y los controles, de la corrupción y de los programas sociales, sino de un perverso plan opositor: un magnicidio económico armado por la oligarquía proveniente de la cuarta república en conjunción con agentes desestabilizadores colombianos. 

Los primeros anonadados, boquiabiertos, con la patraña del contrabando armada de este lado de la frontera son los propios neogranadinos, quienes han sido encontrados culpables de no combatir la fuga de bienes hacia su tierra y quienes resultan igualmente ser acreedores del malestar nacional por el desabastecimiento que sufrimos los 30 millones de venezolanos.

La patraña llegó al extremo de producir una reunión cumbre entre los dos países para tratar el problema de la fuga de bienes –crimen que existe y es nocivo a los intereses bilaterales– pero que contribuye en una proporción irrisoria a la ausencia de provisiones en Venezuela y mucho menos a su carestía. Todo ello para armar luego el tinglado que responsabiliza a los neogranadinos de nuestros males y cerrar la frontera binacional.

A ello siguió la implantación del nuevo concepto de “contrabando” que adquiere, en geniales términos revolucionarios, la forma de acarapamiento y buhonerismo, organizado –claro está– desde las filas de la oposición apátrida. Y así fue como se estructuró todo un plan patriótico, ideado en conjunto con la Cuba fracasada de los Castro, para controlar las compras de los venezolanos de a pie: la tarjeta de racionamiento electrónica.

No tiene sentido alguno vaticinar los resultados que tal plan anticontrabando tendrá en el tiempo porque los hechos hablarán y hablan ya por sí solos. En el camino, el gobierno habrá irremisiblemente dañado aún más las relaciones con los vecinos, al tiempo que no le aporta a los desesperanzados venezolanos la solución a sus dramáticas penurias de cada día.