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Leopoldo Tablante

Patria a chavetazos

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Queta y Hortensia, mejor conocida como «La Musa», mantienen una amistad lésbica y prostibularia que les permite compartir los secretos de varios notables vinculados con el gobierno dictatorial del general Manuel Odría Amoretti. Entre sus conocidos se encuentra el doctor Fermín Zavala, «Bola de oro», un rico industrial peruano perteneciente a la red de tráfico de influencias del dictador. Fermín es padre de Santiago Zavala, «Zavalita», un niño bien que se rebela contra las comodidades de su clase social para aliarse con la resistencia estudiantil marxista en la Universidad de San Marcos de Lima. Uno de los secretos de Hortensia es que Fermín mantiene una relación homosexual con su chofer, el zambo Ambrosio. Cuando la dictadura de Odría cae y las mujeres pierden la protección de sus esbirros, Hortensia comienza a depender de clientes de baja ralea y amenaza a Fermín Zavala con hacer público su bochornoso secreto. Pero Ambrosio le desbarata el chantaje: la mata «a chavetazos», dieciocho puñaladas que no pasan por alto las partes íntimas con que la mujer se gana la vida.

El suceso de ficción, narrado por Mario Vargas Llosa en Conversación en La Catedral, es la metáfora de la condición moral del «ochenio» del general Odría en Perú (1948-1956). La palabra es evocadora por coincidencia onomástica y por connotaciones: el chavismo nos ha hecho «perder la chaveta» y nos ha incitado a liberar nuestros peores instintos para inmolarnos «a chavetazo» limpio.

¿Existe alguna relación entre la disyuntiva de un joven de Antímano obligado a escoger entre su muerte a tiros y la de su hermanita de 8 años; el asesinato contra el fiscal Danilo Anderson, presunto conocedor de las andanzas de los miembros de la «banda de los enanos» en los tribunales de justicia; las fantasías de lascivia y sangre del viejo analista del ex presidente Chávez, el fallecido psiquiatra Edmundo Chirinos, ex rector de la UCV, que acabaron con la vida de su joven paciente, Roxana Vargas; la piromanía de Giomar Cartagena Alcántara, hijo de un militar retirado, quien asesinó y quemó a dos mujeres en el famoso terreno baldío de Parque Caiza, (donde Chirinos, y tantos otros, han descargado los cadáveres de sus víctimas); la ira épica de Edwin «el Inca» Valero, boxeador desesperado y sangrante tatuado en el pecho con una bandera de Venezuela con el rostro de Chávez, quien apuñaló a su mujer para enseguida ahorcarse en un calabozo; la psicopatía de una de las herederas de la fortuna del Bloque De Armas, Milagros, contra la estudiante de sociología de la UCAB, Andreína Gómez; las ráfagas fatales contra Mónica Spear y su esposo, Lorena Moreno Leoni (nieta del ex presidente Raúl Leoni), Alejandro Fermín (hijo del ex alcalde del municipio Libertador, Claudio Fermín), Eliécer Otaiza (ex director de la Disip, hoy Sebin), varios escoltas de la guardia presidencial, todos los cadáveres anónimos de la morgue…; y la carcajada final del ex ministro de Comunicación, Andrés Izarra, en aquella inolvidable figuración televisiva de agosto de 2010 por CNN?

En 1998, año en que Chávez ganó las primeras elecciones presidenciales, se cometieron en Venezuela 4.550 homicidios, cifra que 10 años más tarde, en 2008, se elevó a 13.800 y que al cierre de 2013 fue de 24.763 víctimas mortales. La mayoría, como siempre, ha sido la juventud de los barrios más pobres, aunque la sangre sea hoy un hábito de vecindario. No hay necesidad de ponerse a buscar, como Vargas Llosa, sordideces de lupanar.

La violencia en Venezuela viene dictada por una retórica oficial de apología al delito, apuntalada por un índice de impunidad judicial superior a 90%, y sale a las calles –con las ansias de los pendencieros, los escudos de la GNB y los hierros de los colectivos– a pescar todas las víctimas que pueda. Nuestra convivencia es la voluptuosidad de la rabia primitiva y de sus versiones más «elevadas»: del desprecio por la vida y por el otro a la industria del secuestro, a la lucha ideológica, al complot político... Ese es el espíritu general de un país que no es hoy otra cosa que una infinita orgía de deseos frustrados.