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Ildemaro Torres

Pasión por el humor

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La presencia. ¡Qué valor tiene cuando es digna, trascendente, recordada y  recordatoria o una muestra de aportes positivos en lo personal y lo colectivo. Cuán inspiradora puede ser  cuando opera como imagen a copiar o estímulo ejemplar a ser seguido!

Hace un mes el país se vio profundamente entristecido con la muerte del admirado y respetado Dr. Ramón J. Velásquez, y en la Librería Francisco Herrera Luque, lugar de encuentros significativos, un grupo de intelectuales le rindió un sentido homenaje, invocando su participación en la vida política nacional. Se ha dado asimismo una suma de fechas coincidentes en cuanto a ser de conmemoración de situaciones y sucesos relevantes; así por ejemplo el día 3 de agosto publicó El Nacional su Edición Aniversaria por sus 71 años de existencia, y con ello volvió a la memoria que a propósito del aniversario número 42 en 1985, la Edición Especial tuvo por título Tierra de Gracia y fue dedicada al humorismo venezolano y sus diversas formas de materializarse; en ella hubo destacada participación del Dr. Velásquez con extraordinarios artículos históricos y analíticos acerca de dicho tema; de tal y tanta  erudición, que en la nota de presentación de sus textos en la edición, coincidieron Miguel Otero Silva y el director Alberto Quirós Corradi en emitir como válido juicio valorativo esta afirmación: “En Venezuela hay dos cosas bien conocidas de todos: la naturaleza esencialmente política  de nuestro humorismo y lo mucho que sabe de ese fenómeno el historiador Ramón J. Velásquez, de lo cual da nuevas evidencias en las cuartillas que escribió, con la elegancia y la profundidad de siempre, para esta edición”; en efecto incluyó allí su ensayo “Un peligroso humorismo”, y comentó La Delpiniada, la conducta de Soublette ante el humor, el importante periódico El Diablo (tenido por él como el primero de su clase por la calidad de sus crónicas, el valor de sus dibujos, y el período histórico que cubre) luego Lucifer, lo referente a los Liberales en el humor nacional, y otros temas.   

Con el capítulo El Diablo y los Liberales Amarillos abre su magnífico libro Los Liberales Amarillos en la caricatura venezolana, haciendo de comienzo esta aguda observación: “Los prejuicios pesan sobre las etapas históricas, igual que sobre las personas. Y en uno y otro caso, la versión incompleta y torcida, la historieta fabricada por el odio o el interés banderizo perduran y se convierten en dogma. Para qué investigar, si es más fácil adornar antiguos panfletos, trasladar a la prosa moderna viejos pasquines. Desempolvar documentos, rescatar textos perdidos es  tarea tediosa y muy difícil en un país donde los archivos eran reducidos a cenizas o condenados al basurero, mientras los actores del drama se empeñaban en llevarse a la tumba los secretos de la tramoya”.

Del humorismo político, que llama peligroso, dice que fue “un arte muy difícil y se ejercía casi de contrabando, a través del verso andariego o del chiste sin padre conocido”; que la tradición colonial y las condiciones en que nació la república, caudillista y militar, eran las menos propicias para que prosperara “este ejercicio de la inteligencia”.

Cuenta además que en 1890 Juan Pablo Rojas Paúl, al instalar la Academia Nacional de la Historia señaló que los anales de nuestro proceso republicano fueron escritos en un clima entre la diatriba y la adulación; e invitaba a los historiadores a superar tal situación, pues “creía llegada la hora de analizar la aventura histórica del país a la luz de un verdadero criterio científico”.

El excelso legado político-cultural de tan noble Maestro, lleva a definirlo con razón como “Uno de los intelectuales venezolanos más emblemáticos del siglo XX”.