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Fausto Masó

Pase lo que pase el 7 de octubre…

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La reacción inmediata, sin medias tintas, de Capriles Radonski frente al lamentable caso de Juan Carlos Caldera muestra algo olvidado en la política venezolana, una conducta ética ajena a cálculos políticos, a un hombre capaz de romper abierta y públicamente con alguien que lo había acompañado hasta ese momento... Comparemos esa actitud con la del Presidente en el caso de Amuay, cuando actuó con extrema prudencia, cuidando su prestigio personal, impidiendo cualquier investigación seria, echándole tierra al asunto mientras lo aprovechaba políticamente, culpaba al paro petrolero y se lavaba las manos. La conducta del Presidente le rinde, desgraciadamente, rédito político, convirtió la tragedia en una ocasión para repetir su papel de gran dispensador de regalos, líder supuestamente compasivo, identificado con los pobres, la misma comedia de siempre.

Capriles no calculó su conveniencia, sino reaccionó con indignación, mandó un mensaje a los suyos y al país: rechaza concebir la política como un medio para enriquecerse, la concibe como una vocación de servicio, dignificó la vocación de servidor público. El plan oficial era destruir a Capriles, lograron lo contrario, lo engrandecieron.

Leemos en la prensa que en las carreteras del interior se ataca a los choferes de los camiones con cócteles molotov, bombas improvisadas con gasolina, literalmente los queman vivos para obligarlos a detenerse y asaltar las cavas. No son casos aislados, sino que ocurren a menudo; la persona que denunciaba esta atrocidad decía que en la vía había encontrado ya asaltada y quemada una camioneta que transportaba huevos.

Asesinaron a un vecino de Altamira a pesar de que habitaba en una residencia fortificada, matan a dos policías y ya no llaman la atención, secuestran al hijo de un amigo nuestro. Matan y matan, al lado nuestro, a los pobres, a los ricos. ¿Alguien cree que este horror continuará otros seis años?

El Presidente supone que cuando desaparezca el capitalismo, al no existir la propiedad privada, no habrá motivos para robar. Ocurre lo contrario: el socialismo se ha vuelto la gran excusa para enriquecerse. Siempre, en la búsqueda de ese supuesto paraíso, se cometen las mayores atrocidades, los campos de concentración, las hambrunas, las matanzas. En Venezuela, permite cerrar los ojos ante la delincuencia, ignorar la violencia organizada, hablar de paz y lanzar grupos armados contra la oposición.

No nos caigamos a mentiras: una buena parte de la población apoya esta locura. Los recursos del petróleo financian este plan de destrucción nacional, sirven para que, justificados por un discurso grandilocuente, se enriquezcan groseramente.

Corrupción, violencia y mentira, una combinación letal que pone en peligro a la propia Venezuela, castra su desarrollo pero logra presentarse con un ropaje seductor que lleva a muchos venezolanos pobres a votar por Chávez, por creerlo su único benefactor, por temor de que si pierde el poder les quitarán lo poco que reciben.

Pase lo que pase el 7 de octubre, Capriles demostró esta semana que posee integridad, representa algo olvidado en nuestro país, el valor y el coraje de no esconder sus convicciones, la pasión de quien cree lo que dice y posee autenticidad. Ha sido la hora mejor para Capriles, aquella en que demostró su temple para enfrentar el próximo 7 de octubre, las amenazas, la violencia, el horror cotidiano.