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Maximiliano Tomas

¿París era una fiesta?

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Lo faltaba alguien que tirara la primera piedra para que hiciera su aparición el coro de plañideras de siempre, y la platea periodística (a la que bien le vendría merodear cada tanto alguna biblioteca) se sirviera el escándalo de cena. Es cierto: la delegación de escritores que viajará al Salón del Libro de París 2014, donde la Argentina es país invitado de honor (en rigor de verdad porque Turquía, elegido originalmente, tuvo que bajarse a último momento), presenta aspectos para la discusión y el debate. Pero una vez más, se prefirió el escrache mediático y la indignación a cualquier atisbo de pensamiento, y se perdió la oportunidad de señalar cuáles suelen ser los errores más gruesos de la política cultural del kirchnerismo.

Lo primero que habría que señalar es que a diferencia de lo que sucedió en la Feria de Frankfurt de 2010, donde la Argentina fue huésped de honor (y donde la participación también generó cierto escándalo previo por sus desaciertos), en este caso la selección de autores no corrió por cuenta de la Subsecretaría de Política Exterior a cargo de Magdalena Faillace sino de la Secretaría de Cultura de la Nación, que comanda Jorge Coscia. Y que desde hace meses, cuando se supo de la sorpresiva presencia de la Argentina en el Salón del Libro de París, comenzaron a circular los trascendidos sobre nombres sugeridos y vetados. Nadie que no haya integrado directamente esa mesa chica (la de Coscia y sus asistentes) podrá demostrar que hubo exclusiones por motivos ideológicos. Pero lo cierto es que ese tipo de pruebas tampoco hacen falta: la ausencia de Martín Caparrós como la de otros autores que suelen impugnar las políticas del Gobierno (se habló de Beatriz Sarlo y de Jorge Asís, pero la lista podría ser interminable) no puede sorprender a nadie. Si la obturación del debate público de ideas fue una de las características sobresalientes de la administración nacional durante los últimos diez años, quien se rasgue las vestiduras o se indigne por algo así ahora o es un hipócrita o anduvo bastante distraído. Por su parte, los funcionarios solo demostraron haber aprendido la lección: a Sarlo le alcanzó en su momento una sola invitación al programa 6, 7, 8 para demostrar las inconsistencias del relato oficial, y nadie está obligado a quemarse dos veces con el mismo fuego.

Lo que sí podría haberse convertido en un escándalo, pero pocos llegaron a conocer, fue la supuesta impugnación que los editores franceses le hicieron a la primera lista difundida por la Secretaría de Cultura. Al parecer el listado original, conformado por funcionarios, escritores e intelectuales afines al Gobierno y por autores de ventas insoslayables (Claudia Piñeiro, Elsa Osorio, Guillermo Martínez, Pablo De Santis) habría sido impugnado por los editores a través de la BIEF (Oficina Internacional de Edición Francesa). El motivo: en la delegación faltaban muchos de los autores argentinos publicados en Francia por las editoriales más prestigiosas. Algunos habían sido evitados, al parecer, por motivos ideológicos; otros, por simple desconocimiento. Fue luego de que algunos editores amenazaran con enviar cartas de queja a los diarios e incluso sugerir la posibilidad de ausentarse de la Feria que esos escritores (César Aira, Alan Pauls, Sergio Bizzio, y Damián Tabarovsky, entre otros) recibieron su invitación, tan tarde que sus nombres no llegaron a integrar la gacetilla que se distribuyó en la presentación oficial. Finalmente, algunos de ellos terminarán viajando a París a fines de marzo.

Pero quizá uno de los flancos más débiles que ofrece la selección oficial, y que pocos atinaron a señalar, es que de los 48 autores invitados hay casi una decena cuyos libros jamás fueron traducidos al francés (y es de suponer que ellos, como tantos otros, tampoco hablen el idioma). El Salón del Libro de París no tiene nada que ver con la Feria del Libro de Frankfurt. La de Alemania funciona como lugar de reunión para agentes y editores: allí se venden y compran derechos, por lo que no se necesita hablar alemán sino el idioma universal del dinero. El Salón del Libro de París, en cambio, cumple un rol similar al de la Feria del Libro de Buenos Aires: el público se acerca desde todo el país para comprar libros y asistir a charlas y conferencias. Sin obra que difundir y vender, y sin francés que hablar, muchos autores argentinos discutirán con su propia conciencia el destino que decidan darle al dinero de los contribuyentes. La oferta cultural parisina es variada: en el Centro Pompidou, por ejemplo, se inaugura en pocos días una asombrosa retrospectiva fotográfica de Henri Cartier-Bresson. Tiempo libre es algo que a ninguno de ellos les va a faltar.