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Mauricio Palacios

Paraíso e infierno del amor: Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrzejwski

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Amor, miseria e infierno del desamor, voluptuosidad necesitada y necesaria, también terrible y desesperada, en la novela de Jerzy Andrzejewski, Las puertas del paraíso, descubierta y traducida por Sergio Pitol del polaco a nuestra lengua. Amor y miseria en una historia donde no hay puntos, y solo hay un párrafo y otro (que consta de una sola línea), y están las ninfas y los monfloritos, los pederastas y el cura padre lleno de buena voluntad y buenas esperanzas.

La historia narrada surgió en la Polonia soviética de la literatura llamada del deshielo, pero no en Italia ni en otro tiempo antiguo, ni romántico: es decir, la historia del polaco Jerzy Andrzejewski, señor monflorito de la convulsa época y gran escritor, no trata de la Segunda Guerra Mundial o de realismo socialista, sino de la cruzada de los niños, que históricamente o legendariamente fue una cruzada en que los niños intentaron llegar a Tierra Santa ante el llamado del papa. La historia o la leyenda dice que no llegaron, y que fueron vendidos como esclavos y murieron de hambre.

Santiago de Cloyes, pastor místico y errante que parece no amar a nadie sino solo a Dios, es quien convoca la cruzada, y lo sigue primero Maud, que está enamorada de él, y también Blanca, y también Alessio Melisseno, enamorado de él. Está el padre cura que precede la bendición general para los niños cruzados en el comienzo (punto narrativo importante y de inflexión en la novela: «Durante el tiempo de la confesión general se interrumpieron todos los cantos, el tercer día de la confesión general llegaba a su fin y ellos continuaban caminando por los bosques inmensos de la región de Vendôme», es decir, todo ocurre simultáneamente en la novela).

Roberto está enamorado de Maud y también sigue al cortejo de niños-cruzados, pero en desesperanza y perdido. Dice él «porque durante esos pocos momentos viví más intensamente que en todo el resto de mi vida y se puede decir que a veces se ve el porvenir desconocido, yo entonces lo vi y a pesar de que en mí solo hubiese tinieblas y desesperación, ninguna fe ni esperanza, solo tinieblas y desesperación».

Una de las frases en repetición luego, en boca de uno o más personajes, respecto del amor es: «No es la mentira sino la verdad lo que asesina la esperanza». Pero también está la voluptuosidad, y el conde Godofredo, quien pervirtió a Alessio Melisseno dice: «Porque Él dijo: benditos y puros de corazón porque ellos verán a Dios, y dijo aún: Entrad por la puerta estrecha porque la puerta grande y espaciosa es la vía que conduce a la perdición, y muchos son los que entran por esa, estrecha en cambio y angosta es la vía que conduce a la vida y pocos la encuentran».

Alessio Melisseno monta a Blanca, pastora ninfa, porque Santiago de Cloyes es asexuado o místicamente sexuado, y aunque ambos se odian, prefieren compartir la voluptuosidad, antes que estar solos sin amor y llenos de nada. Así Blanca satisface parcialmente sus necesidades de ninfa y el monflorito Alessio Melisseno desvía su interés monflorito por Santiago de Cloyes.

El mensaje del autor es claro: la voluptuosidad crece y no para de crecer, el amor solo se mantiene mientras haya esperanza. ¡Esperanza, maldita esperanza! Pero entre tinieblas y desesperación, bien se deja morir la esperanza por la voluptuosidad. Jerzy Andrzejewski es un genio, digo yo, y como dice Sergio Pitol en la contratapa del libro: «Cuando el autor polaco hablaba en el café del Bristol de los grandes retos literarios y del deseo de alcanzar la gran forma como máxima virtud literaria, yo pensaba en Las puertas del paraíso».