Paraguaná
30 de agosto 2012 - 16:49
Nací en la península de Paraguaná, en 1957, en un campamento que se dio por llamar Comunidad Cardón, muy cercano de Punta Cardón, un pueblito de pescadores. Cuando digo a mis amigos que nací al lado de una refinería no miento: de hecho, pasaba al lado de ese cuerpo metálico, de ese dragón dormido, todos los días, ya sea para ir al colegio o al comisariato.
Ese fue mi paisaje de infancia, de vida, y nadie me lo quitará. Entre cujíes y cardones, yo prefería mi Manhattan particular, pues las luces y los mechurrios, desde la lejanía, me devolvían rascacielos y torres inalcanzables. Por muy consolidada que se veía la refinería Cardón -lo descubrí años después-, su hechura era muy reciente, pues en la misma década de mi nacimiento, los años cincuenta, Rómulo Betancourt obligó a dos multinacionales, Exxon y Shell, a construir sendas refinerías en las costas paraguaneras: el petróleo que ambas concesionarias extraían, según el precepto presidencial, debía refinarse no en Aruba, Miami o Centroamérica, sino en esas extremidades del territorio venezolano, buscando crear un nuevo polo de desarrollo.
Tiempo me costó descubrir que el dragón de luces que dormía a un kilómetro de mi casa tenía un hermano siamés, que dormitaba no muy lejos. Debe de haber sido en un viaje playero a Los Taques o El Pico, de mano de mi padre, cuando descubrí que el hermano se llamaba Amuay y que era muy semejante al mío, cuyos susurros escuchaba todas las noches.
La construcción de las refinerías de Cardón y Amuay fue un ejercicio épico, pues significó hacerlo todo en la nada. Si alguien no las ha borrado o quemado, recuerdo las fotos de camiones entrando por trochas de arena, desde Coro hasta los asentamientos costeros, enfangados hasta los tuétanos. ¿Cómo se convierte una comarca de pescadores, al cabo de tres años, en un emporio industrial? Era el destino que le esperaba a Paraguaná, cuya historia de transformación apenas supera el medio siglo.
Todo lo que vemos hoy es el fruto de esas decisiones. Y voy a más: yo soy el fruto de esas decisiones. Cuando la visito o revisito, reencuentro mi piel de cuatro años, reencuentro mis senderos, mis rutinas. He dejado allí un pedazo de vida (amigos, parientes, sabores) y nadie, repito, me lo puede quitar. Desde Judibana, cuando visitaba a mis amigos, veía la refinería de Amuay tan cerca como la de Cardón, y muchas veces entre nosotros -esto parecerá mentira- jugábamos a una competencia: decir cuál de las dos estaba más pulcra, más brillante, más acomodada.
Se decía que la de Amuay era más grande que la de Cardón, o de mayor capacidad, pero yo defendía la de mi terruño, argumentando que de noche era la más bella de las dos, porque pasaba por una ciudad de espectáculos: fuegos artificiales detenidos en el cielo. Con el paso del tiempo, las jugarretas en campos petroleros se volvían más complejas, porque nos montábamos en los balancines como jinetes o extendíamos la palma de la mano sobre los tubos carbonizados de los mechurrios, hasta sentir un comienzo de quemadura. No me explico por qué la refinería Cardón no olía a nada, o por qué su susurro era escaso. Desde las casas, parecía una estructura inexistente. Y
a mayorcito, me tocó entrar en sus instalaciones y leer carteles como estos: "20 años sin accidentes" o "30 años sin accidentes", ambos firmados por Seguridad Industrial. La poca novedad no dejaba de ser aburrida. Así que sólo una o dos veces al año, para quebrar la rutina, esperábamos el acontecimiento: la nube negra y espesa, siempre ascendente, que los bomberos ponían a correr cuando generaban un simulacro de incendio y perfeccionaban sus técnicas de apagado. No las había vuelto a ver sino en estos días, con las imágenes de Amuay, añorando que fueran un simulacro más y no la mortaja fúnebre que se ha llevado tantas vidas inocentes.

