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Sergio Antillano

Papel

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Vino de Londres donde había cursado estudios y conoció de cerca el avance de la ciencia y saberes del momento. Regresaba con información, conocimientos y entusiasmo, en tiempos cuando solo en barco podía hacerse el viaje a Europa y pocos tenían el privilegio de realizar esa larga travesía. Tenía mucho que contar y compartir, tras arribar a la Guaira y seguir viaje hasta Clarines, en Anzoátegui. Allí le esperaban familiares y amigos a quienes Ricardo Alfonzo relataría de tecnologías, inventos y formas de hacer que aún ni imaginaban en la ruralidad de las orillas del Unare. Trajo no solo anécdotas sino libros a montón, hasta esos parajes donde pocos sabían leer. Aficionado a explorar el espacio, la ausencia de alumbrado eléctrico facilitó que observara los astros con su telescopio. Trajo también termómetro, microscopio y muchos instrumentos de precisión que en los baúles viajaron con él desde el viejo continente. Medía temperatura y humedad, ambiente, distancias, densidad de los líquidos y hasta el pasar del tiempo que le preocupaba. Observaba, anotaba y reflexionaba, para estudiar y elaborar. Pronosticaba la conducta del clima en esas tierras de escasa sapiencia. Con tanta información y saberes a su alcance, al poco tiempo, deseoso de empujar hacia adelante a sus paisanos, escribió en una hoja de papel sus pronósticos del tiempo, algunos consejos de agricultura y salud, comentarios, relatos e informaciones del acontecer cotidiano. A mano, hizo varios duplicados de esa hoja que circuló entre vecinos y eran leídas en voz alta a quienes no conocían el alfabeto. Se impuso esa tarea semanalmente. Clarines tenía un periódico, en hermosa caligrafía, con información y conocimientos escritos allí por este clarinés que parecía venir del futuro.

Para ese hermoso e insólito propósito de hacer un periódico para la Clarines de comienzos del siglo XX, este singular personaje tuvo siempre disponible el papel necesario, ese imprescindible elemento inventado 1.800 años antes.

Las ideas necesitan un medio para dialogar y perdurar. La búsqueda incesante de ese soporte llevó a los humanos a escribir, primero sobre piedras y arcillas, luego sobre maderas, bambú o huesos. Más tarde y hace ya más de 5.000 años, los egipcios concibieron un soporte más práctico para las ideas, cuando elaboraron láminas partiendo del tallo de una planta acuática llamada papiro, de la que llegaron a cultivar grandes plantaciones en las riberas del Nilo. Las hojas de papiro se popularizaron en pueblos alrededor del Mediterráneo, y al crecer la demanda surgió en Europa el “pergamino” hecho de pieles de corderos y otros animales, gracias a la evolución y perfeccionamiento de los métodos de curtido. El pergamino era acopiado en rollos y las hojas de papiro eran pegadas para conformar largos rollos. Sobre esas hojas de papiro y pergaminos de piel, que no podían doblarse ni encuadernarse, escribían, anotaban, narraban, registraban y llevaban sus cuentas millones de seres. Ambos soportes fueron receptores del pensamiento escrito hasta casi 105 años después de aparecer Cristo en Galilea, cuando en China inventaron el papel, a partir del bagazo de caña de bambú y con los mismos principios técnicos que hoy, casi 2.000 años después, siguen siendo la base de las complejas tecnologías de grandes fábricas digitalizadas del noble material.

La versatilidad del papel lo llevó a imponerse y gracias a él la palabra asumió forma de relato, que, duplicado cientos de veces, primero en forma manuscrita y luego de manera mecanizada, empezaron a ser publicados individual y regularmente en forma de pequeño libro, por el año 1500. Esos folletos evolucionaron en algo parecido al concepto de periódico que conocemos hoy y desde finales de la Edad Media en el llamado mundo occidental, los papeles impresos que denominamos “periódico” han tenido un importante rol al proveer a una audiencia siempre creciente y en diversificación inmensas cantidades de información, conocimientos, opiniones, ideas y pensamientos que emergen desde un incontable número de ámbitos. Los periódicos, donde son libres, sirven de enlaces integradores entre innumerables cadenas de información a través de los cuales circulan los conocimientos en cualquier sociedad. Conectan y comunican mundos separados generadores de saberes y propician su intercambio y el diálogo de sectores, culturas y sociedades.

Dificultar el acceso al papel, complicar la posibilidad de encender las rotativas donde las bobinas de papel reciben lo que en ellas se imprime; forzar la reducción del número de páginas de un periódico o su desaparición; sabotear la posibilidad de contar con más papel para más periódicos y libros o restringir el papel solo a quienes apoyan al gobierno de turno es evitar más ideas circulando y dialogando; promover atraso e ignorancia.

Manuscritas o impresas por medios mecánicos, las hojas de papel han alojado por casi 2.000 años aquello que el ser humano quiso registrar, transmitir, recordar o enseñar. Resulta inconcebible que las ideas no encuentren el papel que requieren para adquirir forma e imagen y ser compartidas, como hizo en tiempos gomecistas aquel hombre ilustrado de tierras del Unare.

antillanoarmas@gmail.com