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Ramón Hernández

Papel amarillento y mentiras digitales

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De la historia patria, que para la inmensa mayoría está restringida a los escasos temas que se estudian en primaria y el bachillerato, se conoce poco lo que dijo José Tadeo Monagas de la Constitución: “Un papel amarillo que sirve para todo”. Esa “definición” que sacó de la manga el 24 de enero de 1848, después de que sus colectivos y paramilitares asaltaran el Congreso y mataran a puñaladas a varios diputados, ha estado vigente en muchos tramos del devenir venezolano.

Aunque ya no sea un papel amarillo, sino un PDF en alta resolución o el librito en miniatura, de tapas azules, sigue teniendo el mismo uso y sirve para cualquier estropicio. Tanto para mentir, como lo hacen los funcionarios de todos los niveles cuando la muestran para respaldar embustes de gran calado, como para redactar sentencias e interpretaciones inapelables que van en contravía de lo que se aprobó con bombos y platillos en la Asamblea Constituyente de 1999.

No solo en lo referente a los derechos humanos la carta magna ha sido letra muerta desde el mismo día de su aprobación en referéndum, si nos atenemos a las “ejecuciones extrajudiciales” que la periodista Vanessa Davies denunció durante el deslave que coincidió con la promulgación, sino también en aspectos no menos relevantes como la nacionalidad de las personas que ejercen los cargos públicos.

Todavía, por las implicaciones que tendría en la seguridad del Estado, por comodidad política o por utilitarismo comunicacional –“No importa que hablen mal de mí, importa que hablen de mí”–, no se ha aclarado el sitio exacto en el cual nació Nicolás Maduro, en qué jefatura o municipio fue registrado y si alguna vez se vio tentado a adquirir la nacionalidad de su madre, que tanto le decía, cuando llegaba sudoroso al apartamento en la parroquia San Pedro, que le iba a causar un infarto, que dejara de tirar piedras en la placita de las Tres Gracias y estudiara para los exámenes de reparación. Nadie le hace caso a Walter Márquez ni parpadea con sus hallazgos de papeles desaparecidos en los muy rigurosos archivos colombianos, pero ese no es el asunto. Veamos.

El artículo 41 del “papel amarillo” vigente señala de manera taxativa que únicamente los venezolanos por nacimiento y sin otra nacionalidad pueden ejercer el cargo de ministro de Finanzas y aquellos despachos relacionados con la seguridad de la nación, pero en catorce años de proceso revolucionario y de socialismo bolivariano no despertó sospechas públicas que una persona nacida en 1940 fuese poseedor de una cédula de identidad cuyo número corresponde a los nacidos en la década de los cincuenta. Nadie protestó ni pidió a la Onidex, menos al Saime, los datos filiatorios de Jorge Giordani.

El hombre que más ha anunciado al país la devaluación del bolívar, lo que significa que tiene una alta responsabilidad con las finanzas públicas, no ha demostrado que es venezolano por nacimiento. Nadie se lo ha solicitado, aunque dio pistas en una entrevista en la que se vanaglorió de ser ciudadano del mundo. Relató que cuando cumplió 19 años y se disponía a viajar a Italia para estudiar ingeniería electrónica en la Universidad de Bolonia, descubrió que no tenía nacionalidad alguna: ni la italiana de su padre, tampoco la española suspendida por Franco de su madre y mucho menos la del país en el que había vivido los últimos 16 años. Fue a su regreso, en 1964, cuando el actual ministro de Planificación y Desarrollo empezó sus gestiones para manifestar su voluntad de ser venezolano y obtener la naturalización.

Aunque en sus diletantes conversaciones con la prensa Giordani se ha mostrado orgulloso de haber nacido en San Francisco de Mocorí, República Dominicana, al igual que Billo Frómeta y el playboy Porfirio Rubirosa, en donde sobrevivió dos años en un campamento de  refugiados, siempre ha sido tan opaco en su historia personal y familiar como gris en sus funciones públicas: su mayor logro es la actual debacle económica del país. Fue el ingenioso que inventó ese método que para evitar que se disparara la inflación endeudaba el país y les entregaba dólares baratos a empresarios de maletín. Tremendo chasco homeopático, Jorge.

Hay más. En su currículo aparece como doctor en Ingeniería Electrónica, algo incierto. Es “dottore”, la palabra italiana equivalente a técnico superior, que se obtiene en las carreras de tres años; en las de cinco entregan el título de “dottore magistrale”.  El doctorado requiere un posgrado o “specializzazione” de tres o cuatro años que Jorge jamás cursó. Dice que hizo un master en la Universidad de Sussex, al sur de Londres, pero ahí no aparece su nombre ni el trabajo de grado, obligatorio para graduarse. Lo de profesor invitado en The London Economic School es otro cuento, como su fama de austero.Vendo texto de Gramsci, con anotaciones, y una servilleta sin usar del hombre que vivió del socialismo del siglo XXI.