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Aníbal Romero

Panorama estratégico 2013

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Dos grandes tendencias han definido el panorama estratégico global durante el año que culmina. Se trata de tendencias que marchan de modo paralelo y se influyen mutuamente: de un lado la gradual pero patente retirada geopolítica de Estados Unidos y su relativa declinación como potencia hegemónica; de otro lado la agudización de las tensiones y conflictos en escenarios explosivos, en especial el Medio Oriente y Asia.

Lucen ya muy lejanos los tiempos inmediatamente posteriores al fin de la llamada Guerra Fría, cuando Estados Unidos se perfiló como un poder con aplastante superioridad internacional. Múltiples y profundos cambios han incidido en su decadencia, pero el más relevante desde mi perspectiva es de naturaleza espiritual, o si se quiere psicológica, y no propiamente material referido a la tecnología, el aparato industrial o la asfixia fiscal.

Luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001, Washington emprendió un inmenso esfuerzo para transformar las atrasadas y escindidas sociedades islámicas y empujarlas hacia la modernidad. Ese esfuerzo por desgracia fracasó y sus costos fueron enormes. A raíz de tales pruebas el pueblo norteamericano ha entrado en una nueva etapa de aislacionismo, ha decidido concentrarse en su existencia doméstica y minimizar su proyección internacional. Se trata de un pueblo que ya no desea ni aspira a ejercer el papel de organizador de las relaciones globales contemporáneas, en particular si tal objetivo exige el empleo a fondo del poder militar.

Todo esto puede parecer positivo y alentador a algunos, pero me temo que de ninguna manera significa mayor estabilidad global. Por el contrario, la declinación de la hegemonía estadounidense implica claramente la acentuación de las pugnas y controversias tradicionales, que en ausencia de un elemento de contención foráneo recuperan su fuerza y sus peligros.

Los dos casos más importantes son el Medio Oriente y Asia. El miope intento estadounidense de apaciguar a Irán y de concederle el beneficio de la duda sobre su programa nuclear no logrará otra cosa que empujar a Israel hacia la guerra preventiva, quizás en insólita e inédita alianza con una Arabia Saudita que teme aún más a Teherán que a Jerusalén, y que tal vez acabará por proveerse de sus propias armas nucleares comprándoselas a Pakistán.

En cuanto al Asia, el expansionismo geopolítico de una China acicateada por la debilidad psicológica del desconcertado Washington de Obama está forzando al demasiado tiempo apacible Japón a movilizarse. Pocos eventos me resultan tan portentosos y plenos de consecuencias como la reciente reunión de la Asean, en la que el primer ministro japonés llevó la voz cantante para denunciar los intentos de Pekín de establecer restricciones en espacios aéreos en disputa.

La dinámica que presenciamos no es nueva y pone de manifiesto analogías con otras coyunturas históricas, cuando la fragmentación paulatina de un contexto estratégico de tradicional predominio hegemónico abrió paso a una todavía mayor conflictividad, como producto de la carencia no solamente de una fuerza organizadora sino de un principio común de legitimidad.

Genera desagradables presagios la actitud hoy predominante entre el electorado norteamericano, un electorado ablandado por la demagogia, la mitad del cual depende de las dádivas del gobierno y ni siquiera paga impuestos. Pero se equivoca ese pueblo si cree que el neoaislacionismo le salvará de las amenazas o le apartará de los conflictos que hierven bajo la engañosa superficie de la retirada estratégica.